Pleonasmos y redes sociales

De la información elaborada por profesionales a los contenidos de las redes

Un prestigioso catedrático de universidad valenciano calificaba hace unos días de pleonasmos muchas de las noticias de las que informaban los medios de comunicación en gran parte de la temporada estival. La disminución de hechos noticiables al llegar la época vacacional, con la actividad política nacional y mundial casi paralizada, la mengua del movimiento comercial, el cierre temporal de buen número de grandes industrias, el parón -salvo una pequeña parte del verano- de los campeonatos deportivos, especialmente el fútbol, rebaja el contenido de prensa, radio y televisión. Hasta el punto de que los informativos de radio, los telediarios y las páginas de los periódicos reducen drástica y considerablemente su duración y contenido. Quizá parezca malo a primera vista pero solamente es añadir algún detalle superfluo.

Estas razones explican la utilización del pleonasmo («Empleo de vocablos innecesarios para ampliar el sentido y con los cuales se añade expresividad a lo dicho», en una primera definición de la Real Academia Española; también «Demasía o redundancia viciosa de palabras», en una segunda acepción académica), calificación académica para definir la carga que complementa la información que viene a suplir habitualmente las carencias noticiables. En el argot interno de las redacciones, añadir morcillas para agrandar la escasez de noticias. Esta figura literaria de «engordar» las informaciones no es mala y se remata con la inclusión de noticias secundarias que en épocas de plena actividad se publicarían en columnas breves o posiblemente no se publicarían por ser consideradas de menor importancia.

También días pasados fueron invitados una veintena de muchachas y muchachos a un programa de radio con el fin de debatir con una veterana periodista, recientemente nombrada directora de un diario con ediciones en papel y en internet. Durante la hora en que se desarrolló el programa la/os jóvenes, de entre 16 y 18 años, manifestaron, todos salvo una, que no leían los diarios ni impresos ni en la red y mayoritariamente señalaron que se informaban por Twitter. Alguna chica dijo que también se enteraba de las noticias por Facebook y sólo una joven indicó que de vez en cuando «veía» algún periódico. Los responsables del programa y la mencionada directora indagaron si se creían bien informados y lo/as muchachos respondieron que, al cruzar diferentes tuits, veían colmada su curiosidad.

El deterioro de ciertas redes sociales, quizá las más populares, no ya en el periodo vacacional sino en tiempo de actividad general, la proliferación de noticias falsas y la cada vez mayor influencia de la información patrocinada parece que están llevando a la gente a la desinformación, como lo demuestran las respuestas de los jóvenes estudiantes, que, según manifestaron en el programa radiofónico, estudiarán carreras técnicas o del sector sanitario mayoritariamente.

Con ocasión de la elección de consejeros y presidente para el ente Radiotelevisión Española, prevista en el decreto ley del Gobierno de Pedro Sánchez, informaron los distintos medios de la rapidez con que algunos profesionales señalados como presuntos candidatos al consejo se dedicaron a borrar miles de sus tuits y parte de sus ventanas de Facebook. No se dijo en esas informaciones el contenido de los mensajes borrados ni los presuntos candidatos contaron los temas de lo borrados; tampoco negaron su existencia.

Si tenemos en cuenta estos hechos, si además observamos que el sistema de repentinos y polémicos tuits es el favorito del abrupto presidente estadounidense, nos daremos cuenta de que las redes sociales son para intercomunicación de amistades y la elaboración de la información debe ser hecha por profesionales.

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA el miércoles 18 de julio de 2018

https://www.lne.es/noticias-suscriptor/opinion/2018/07/18/pleonasmos-redes-sociales/2319799.html

Cuando nací en Cudillero

Una señalada y dramática visita a la curiosa y emblemática villa pixueta

Natural de La Felguera, también nací en Cudillero. Dos localidades que celebran al mismo patrón, San Pedro. Abrí los ojos una tarde en la que los felguerinos subían de jira a Castandiello, al prau de Gafures para merendar y rubricar la fiesta sanpedrina. Un festejo que en tiempos crecía y agrandaba su fama. Por eso nunca iba a Cudillero, a L’Amuravela, a celebrar la singular ceremonia pixueta.

Se cumple ahora un cuarto de siglo de una de mis diversas visitas a esta bonita villa, cuando fuimos a pasar el día al pueblo de la sinuosa bajada el antiguo puerto ballenero, hoy uno de los emblemas de la belleza natural de Asturias. Recorrimos sus marineros rincones, sus típicas tiendas, sus casas de blanco y azulino y junamos sus ancestrales curiosidades. Contemplamos el pueblo desde el Pito y desde el puerto. Admiramos las faenas de pescadores, de pescaderos, de los pixuetos.

Tras un largo recorrido por la población nos fuimos a comer a unos de los muchos refectorios que hay por la plaza de la Marina. Pedimos mejillones y otros platos de pescado de los que llegan a diario a la lonja local. Rico y sabroso todo, disfrutamos intercambiando cucharadas para saborear la comida típica del lugar. Habíamos elegido una mesa que nos permitía comer mientras contemplábamos la vida diaria de la plaza.

Después de comer dimos una vuelta por el puerto en espera de que abriesen los comercios pues queríamos llevarnos de recuerdo una plaquita de escayola que representaba las casas típicas de Cudillero, la lonja, el Ayuntamiento, las casitas de la Marina? Las habíamos visto en el escaparate de la tienda de regalos y productos asturianos al lado del restaurante. Terminado el paseo decidimos ir a descansar un rato al coche que dejamos aparcado en la plaza del Comercio. Amenazaba lluvia y era el mejor sitio para refugiarse en caso de chaparrón.

Momentos después de sentarnos en el coche me empezaron a picar zonas de la espalda y del pecho y al rascarme noté que comenzaban a aparecer bastantes puntos rojos, una urticaria que anunciaba una posible alergia. Y al mismo tiempo un sofoco iba en aumento. Unos minutos después la urticaria se extendía y los picores empezaban a no ser soportables. Arrancamos el coche y volvimos al centro de la villa. Allí preguntamos por un ambulatorio, un médico o un centro de salud. Nos indicaron que subiésemos calle arriba y casi al final de la sinuosa vía encontraríamos un médico en un centro de salud o de urgencias.

Casi sin ver por dónde íbamos llegamos al ambulatorio cuando un empleado estaba cerrando sus puertas. Al presentarnos nos dijo que era el médico de guardia y que iba a cerrar la sala pero al ver mi estado, con la urticaria en la cara, en el cuello, en los brazos dijo: «Entre y túmbese en la camilla que ahora mismo le pongo una inyección». Se me estaba nublando la vista y me parecía sufrir un amago de broncoconstricción pues respiraba con dificultad, supongo que por el nerviosismo, y los picores eran generales pero me proponía no rascarme para evitar erupciones. El doctor, cuyo nombre lamento no saber, me inyectó un antihistamínico. La urticaria fue palideciendo, los picores desaparecieron poco a poco y la calma me produjo un pequeño adormecimiento. El susto se iba disipando. Respiramos aliviados. Entre los tenues sueños que me entraron al relajarme tras la inyección me pareció oírle al médico una frase en broma para calmarnos: «No ha sido nada. Han tenido la suerte de que me encontrasen aún cerrando. Pero ya vuelve a la vida».

Volví en varias ocasiones a Cudillero. Me encanta el pueblo. Hace medio siglo que nací en él. Me considero pixuetu.

Publicado en las páginas de la edición de Occidente de LA NUEVA ESPAÑA el viernes 22 de junio de 2018

https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/occidente-opinion/2018/06/22/naci-cudillero/2307012.html

Caminatas cortas, tan animadas y saludables

Se puede hacer un ejercicio benéfico sin tener que andar grandes recorridos

Andar poco también puede ser conveniente. Quizá no para estar en plenas facultades físicas pero sí para mejorar en salud, en una mayor lucidez y aumentar la productividad. Esto no quiere decir que quienes corren, dan largas caminatas y hacen ejercicio todos los días dejen de hacerlo. Recientes estudios, alguno aún en proceso, señalan que no hace falta gran esfuerzo para mejorar la salud, librarse un poco del estrés y hasta despejar la cabeza.

«Las caminatas breves podrían prolongar tu vida», señalaba un titular de una información días pasados en «The New York Times». Ya el diario estadounidense había publicado meses antes reseñas en este sentido sobre estudios relacionados con el correr y el andar. En uno hablaba de «Los beneficios de una caminata a la hora del almuerzo» mientras en otro revelaba los resultados de un estudio en que se intuía que caminar es bueno contra la demencia. En las tres informaciones se explicaba que tanto recorridos de pocos minutos, como andar trayectos cortos o una marcha breve mejoran la salud. Es decir, puede que pequeños y fáciles ejercicios sean tan beneficiosos como los grandes esfuerzos que hacen los «runner», tan de moda.

Profano en la materia, reproduzco algunas frases de la información publicada a mediados de abril por el diario neoyorkino: «Camina durante dos minutos. Repítelo quince veces» o «camina tres veces durante diez minutos. Un estudio dado a conocer en el Journal of the American Heart Association, hecho sobre el estilo de vida de personas de más de 40 años en Estados Unidos, sus patrones de actividad física y expectativas de vida, llegaba a la conclusión de que el ejercicio no tiene que ser prolongado para ser beneficioso, «solo tiene que ser frecuente». El provecho parece que es similar al de largas caminatas, siempre que ese breve caminar o esos trayectos cortos se hagan con algún vigor y no sean meros paseos. Es decir, andar cada día una media hora beneficia la longevidad tanto si se realiza en una sola tirada como si se hace en varios tramos de pocos minutos.

Al mismo tiempo, ejercicio de este tipo refuerza la función cerebral y agiliza el pensamiento en las personas que padecen demencia. Otro estudio, realizado por investigadores de la Universidad de la Columbia Británica en Canadá, indica que caminar varias veces a la semana, además de mejorar el estado físico, repara el deterioro cognitivo, activa la presión arterial y beneficia la función cardiovascular. Con ello se recupera memoria y previene una posible llegada del Alzhéimer. Esta información, publicada hace meses en el British Journal of Sports Medicine y dada a conocer al lector no científico por el periódico de la Octava Avenida, viene a completar un informe bastante anterior elaborado, entre otras, por la británica Universidad de Birmingham sobre un especial momento para caminar.

Así, varias instituciones universitarias convinieron entre sus oficinistas de vida sedentaria que dedicasen treinta minutos de su hora de almuerzo a caminar tres veces a la semana. En el estudio participaron muchas más mujeres que varones pues muchos adujeron que caminar no les extenuaba suficientemente para realizar un estudio de ejercicio. Los participantes, especifica la información de TNYT, gozaban de salud física y emocional pero para comenzar el experimento se sometieron a varias pruebas basales, condición física y estado de ánimo, lo que reveló que ninguno estaba «en plena forma». La investigación reveló que caminar en esos momentos puede aminorar de forma perceptible el estrés laboral y mejorar el ánimo personal por lo que el trabajo por la tarde, normalmente «más pesado», resulta más productivo. Es decir, caminatas antes de comer abren el apetito y también dan fuerzas para alejar la modorra vespertina.

Publicado el martes 8 de mayo de 2018 en LA NUEVA ESPAÑA

http://www.lne.es/noticias-suscriptor/opinion/2018/05/08/caminatas-cortas-animadas-saludables/2282569.html

Las Bruxas, una fiesta de interés cultural

La necesidad de proteger y ayudar a un evento ancestral, curioso y simbólico

Una fiesta original, ancestral, distinta, atractiva para la gente, a la vez que divertida. Así es la Quema de las Bruxas. La verbena en la que se reparten escobazos a diestro y siniestro sin distinción de estatus o posición. Se celebra en Barru (Llanes) todos los veranos el sábado siguiente a San Roque, en la villa, y víspera de San Roque, en Barru. Es conocida popularmente y tiene todos los ingredientes mencionados. Solo le falta ayuda e interés oficial.

Si el pueblo tiene un padrón de un centenar de habitantes, a la Quema de las Bruxas acuden muchos centenares, unos a contemplar la fiesta y otros a participar activamente. Sobre todo la gente joven y los niños. Quizá por ello perdura año tras año a pesar del decaimiento de muchos festejos «de prau». Tiene tintes de carnaval de verano, escaramuza nocturna, simulación de batalla rural, de aquelarre y rito mitológico.

De origen no acreditado, el festejo consiste en el encendido de una hoguera mientras unas «bruxas» se concentran a su alrededor. Se pronuncia un conjuro y en la oscuridad de la noche esas bruxas se lanzan a dar escobazos a los asistentes. Se han señalado algunas teorías sobre su naturaleza y procedencia, su posible origen, pero las dudas sobre su fundamento no le han importado mucho a la gente que asiste cada año a celebrarla. Lo más probable es que surgiese de un singular aquelarre celebrado en tiempos que se fue conmemorando luego año tras año.

Lo importante ahora es que es una fiesta diferente a las demás, que cada año atrae a más gente y que merece la pena protegerla, por curiosa, por antigua, por simbólica. Razones por las que creo que merece que se la promocione y ayude -social y económicamente- desde el Principado, se la considere de interés cultural, de interés turístico, de interés público.

Publicado el lunes 2 de abril de 2018 en las páginas de Oriente de LA NUEVA ESPAÑA

http://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oriente-opinion/2018/04/02/bruxas-fiesta-interes-cultural/2262614.html

Los niños y sus juegos

Las clases extraescolares les impiden disfrutar en sus mejores años

Salíamos del colegio tras una jornada de seis horas, llegábamos a casa a la hora de la merienda. Matada la gazuza nos poníamos a hacer los deberes, unas cuentas, una lectura y repaso de alguna lección que habíamos dado en clase. Después, a jugar. Si llovía, en casa, normalmente en el parque, en la plaza, en la calle. Con los compañeros de colegio, con amigos del barrio. A las chapas, al escondite, al piocampo, al pañuelo, al castro, a los columpios? cada uno según la edad, los gustos. Éramos niños y hacíamos vida de niños. Normalmente aún no teníamos edad para «ayudar en casa». Al menos la mayoría. Así crecimos.

Hasta la edad de ir al colegio jugábamos en casa, en el patio, nos llevaban al parque. Nos entreteníamos dibujando, con muñecos, con peluches, con juguetes. Sin tener deberes. Cuando llegábamos a los diez o doce años, algunos teníamos alguna actividad extraescolar: podíamos estudiar un idioma, dibujo, música, poco más. Éramos niños y así crecimos. En el marco de la vida cotidiana, más o menos, éramos libres. Como circulaban pocos coches, nos dejaban ir solos a casa de los amigos, a algún recado, a comprar chucherías.

No había televisión, ni videojuegos y nos divertíamos jugando al balón, a las canicas, a la peonza, con una bicicleta, patinando, haciendo carreras con tapones de botellas por unos circuitos pintados con tiza en el suelo. También coleccionábamos cromos, recortables, trajes de muñecas y soldaditos de plomo, de barro o de goma. El domingo íbamos al cine, al fútbol, a buscar alguna propina de los abuelos. Lo mismo los niños de Madrid, de Antequera, de Gijón o de La Felguera.

Hoy esa vida es casi imposible. Pocos niños pueden disfrutar de ese asueto temprano, salvo en perdidas aldeas. De muy pequeños entran en guarderías. Luego viene el colegio, pero no conformes con la jornada escolar han de acudir a actividades extraescolares: idioma, natación, música, manualidades. Pero ya no como entretenimiento sino como actividad formativa casi imprescindible para prepararse para un futuro competitivo. Se acaba entonces la diversión y empieza la obligación. De las seis horas de colegio se pasa a las nueve. Y del juego al cansancio.

Ya es difícil salir a jugar al parque, ir casa de los amigos a los que se ve los días sin «cole» o si son hijos de los amigos de los padres. Si éstos son muy estrictos hasta limitan el ver la televisión o pasar un rato con un videojuego. En resumen, los niños tienen ahora muy difícil el juego y la diversión. Han pasado de ser libres a cautivos de una competitividad que no les corresponde por su edad.

Acudo al diccionario para ver si es correcto el empleo de la palabra infantilista al igual que un partido se titula animalista. Aunque la Real Academia admite esta última, sus acepciones no son las que los defensores de los animales manejan. La R.A.E. no contempla infantilista. Pero pienso que los académicos son más liberales que los políticos en cuanto a lo «políticamente correcto», y decido emplear la palabra para defender a los niños.

Creo que los niños deben ser tratados como niños, es la única parte de su vida en la que pueden jugar, entretenerse, divertirse. La jornada escolar está estudiada por expertos para cada tramo de vida. Una, dos o tres horas extras no pueden ser beneficiosas para su desarrollo. El aprendizaje tiene unos ritmos y forzarlo puede ser perjudicial para el carácter, la salud y el sentido de la vida futura. Me declaro infantilista, defensor de los infantes, de los niños. Que jueguen, que se rían, que se diviertan. Conozco un caso de un niño que tras la primera clase de música extraescolar salió diciendo que no volvía. Sin embargo, hoy habla un inglés perfecto. Lo aprendió viendo series de televisión.

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA el sábado 24 de marzo de 2018

http://www.lne.es/noticias-suscriptor/opinion/2018/03/24/ninos-juegos/2258660.html

De «Muelle» al feísmo

El grafiti, que convivió con pintadas reivindicativas, en peligro de ser antiestético
 Corrían los años ochenta del pasado siglo. En distintos muros de un barrio del oeste de Madrid comenzaron a aparecer unos rótulos con la apariencia de una firma. Al principio eran trazos hechos con grueso rotulador. Luego fueron creciendo y pasaron a ser hechos con pulverizador, spray. Eran simples, sin aparente mensaje. Se trataba de una palabra y una rúbrica: «Muelle» sobre una espiral parecida a un sacacorchos. Comenzaron apareciendo en paredes desconchadas, edificios abandonados, fincas marginales. Pero fueron proliferando y se extendieron por la ciudad. La firma se fue estilizando, pasó a ser casi decorativa y un dibujo bastante perfeccionado. Y «Muelle» se hizo popular. Pronto tuvo sus imitadores. El autor era desconocido. Más tarde se hizo pública su identidad, Juan Carlos Argüello, un muchacho del barrio de Campamento al que le encantaba la música. Falleció muy joven pero su nombre permanece entre madrileños y grafiteros. Lo llevan unos jardines de su barrio, se celebran certámenes con él, algunas de sus obras son conservadas en paredes y rincones de la capital, una exposición, «Letras Liberadas: propaganda, cultura y artes gráficas en el Madrid de las Transición» lo recuerda.

Tras ese pionero trazado de Argüello, que se extendió a otras ciudades españolas, vinieron otros artistas callejeros y la belleza de algunas de esas pintadas logró un reconocimiento que hace que se le considere un arte. O, al menos, una modalidad de técnica pictórica. Y al igual que proliferan los concursos de pintura rápida, certámenes de pintura al aire libre, son muchas las convocatorias para grafiteros, se ofrecen fachadas, extensas pareces y muros para estos decoradores dotados con botes que pulverizan variados pigmentos que decoran ciudades de todo el mundo, Nueva York, Londres, París, Amsterdam…

Claro que no todo han sido beneplácitos halagos para esta modalidad de expresión artística. Hubo un tiempo que la proliferación de pintadas invadía de tal modo y reiteradamente las paredes, persianas y cierres de algunos barrios de Málaga que los comerciantes de la popular calle Carretería acordaron la paz mutua: los dueños de las tiendas permitieron que dibujasen en sus cierres temas relacionados con su mercancía a cambio de que los grafiteros respetasen los muros de la zona y no repintasen las fachadas casi cada noche. Fue un pacto que luego se amplió a otros ámbitos del municipio y la zona aledaña del cauce del río Guadalmedina hoy está decorada con grafitis más o menos artísticos. Hubo casos parecidos en la solemne Viena y el siniestro muro de Berlín sirvió a mucho artista callejero para plasmar su condena a la represión del gobierno del Este.

Oviedo, Gijón y otras ciudades celebran competiciones de artistas callejeros y se ha dado un caso curioso publicado por LA NUEVA ESPAÑA. Un grafitero dejó pegadas unas láminas en muros del entorno de la catedral y el Museo de Bellas Artes de Asturias. Paisajes urbanos, una marina, flores, algún retrato. Las obras llamaron la atención del canónigo archivero del Cabildo, quien publicó un artículo admirando las pintadas que «ofrecen un trasfondo artístico» con «cierto aspecto misterioso». De esa colección, realizada por un joven llamado Israel Sastre, se pasó a programar actuaciones, ya no tan clandestinas, como el Festival de Intervención Mural de Oviedo, el Parees Fest, que reúne a artistas de amplio ámbito con miradas más allá de un arte local.

Pero el color y la imagen del grafiti, que convivió con las pintadas reivindicativas contra la represión política y económica y perdió gran prestigio con las dianas y amenazas de grupos terroristas y fascistas, corren ahora el peligro de la vulgaridad, el feísmo y la carencia de arte. Manchas burdas, torpes, sin ingenio ni genio. Manchones que carcomen muros, desdicen el arte, pervierten la filosofía de «Muelle» y contradicen la gracia, por ejemplo, de la ingenua pintada plasmada junto a la bella plaza del manchego San Carlos del Valle que decía: «Mozas, ligar más».

Publicado el jueves 15 de febrero de 2018 en LA NUEVA ESPAÑA

http://suscriptor.lne.es/opinion/2018/02/15/muelle-feismo/2238966.html

La rebelión de las faeneras

En recuerdo de la primera revolución femenina para pedir que bajase el pan

Está constatado que los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más en cantidad y cada vez más pobres. Sobre todo después de tantos años de crisis, provocada precisamente por los ricos. Pero aunque ahora lo comentemos y lo discutamos como algo nuevo, no lo es.

Se cumplen ahora cien años de un precedente que podríamos recordar. Corría el mes de enero de 1918 y los ejércitos alemanes estaban en declive en la contienda mundial. La oligarquía se había enriquecido con la venta de armamento y la incorporación de Estados Unidos en apoyo de los aliados propició el final de las batallas y a la vez el descenso de las ventas de armas. Entonces se produjo otra revolución.

Como consecuencia de la guerra, los productos alimenticios comenzaron a escasear y a subir de precio. En España llegó un momento en que las familias obreras pasaban mucha hambre y apenas podían comprar pan. La oligarquía industrial seguía enriqueciéndose con la exportación de los productos de primera necesidad mientras faltaban aquí. La precariedad de los trabajadores cada vez era más patente y mayores las dificultades para subsistir, los precios se hacían imposibles para los pobres, que así eran cada vez más pobres. El 9 de enero de 1918 las vendedoras de los puestos callejeros se manifestaron por las calles de Málaga. Fue el comienzo de la revolución femenina conocida como la de las faeneras.

Unas ochocientas mujeres se presentaron ante el gobernador militar, que se mofó de ellas cuando exigían la bajada de precio de patatas, harinas y otros productos básicos. Ese fue el comienzo de las movilizaciones que duraron unas dos semanas y en las que se produjeron cuatro muertos. Como el gobernador no les hizo caso, las faeneras, a cuyo frente iba una activista llamada Concepción Moya, líder del barrio de El Perchel, se presentaron ante el alcalde, que en principio les hizo caso y se comprometió a reunirse con agricultores, almacenistas y harineros para negociar la bajada de los precios. Pero pronto, antes de lograrlo, fue destituido.

La lucha de las mujeres malagueñas enseguida se convirtió en noticia de primera página de todo el país. La rebeladas dieron un plazo de dos días para que bajaran los productos, pero no consiguieron nada en esa exigencia, por lo que se manifestaron de nuevo el día 14, es decir, cinco días más tarde. Entonces también participaron los hombres. La situación se complicó, aumentó el conflicto, se produjeron los cuatro muertos y cerca de veinte heridos. Se llevó a cabo una huelga general. Entonces consiguieron su propósito y al final los precios de los productos básicos bajaron. El conflicto duró hasta el día 21.

El Ayuntamiento malagueño recuerda el acontecimiento y ha programado una conmemoración con la colocación de una placa en una plaza del centro de la ciudad. También se realizará una marcha con un recorrido similar al que siguieron las mujeres en aquella primera manifestación de hace un siglo. Asimismo, se ha montado una exposición que explicará la pionera revolución femenina. Porque aquellas faeneras se levantaron en un tiempo en que la crisis apretaba, la población era analfabeta en una proporción mayoritaria y la oligarquía respetaba muy poco las reglas democráticas.

Mérito poco reconocido a la mitad de la población, que un siglo después sigue soportando la brecha de recibir unos salarios más de un veinte por ciento más bajo por el mismo trabajo.

Publicado el sábado 6 de enero de 2018 en LA NUEVA ESPAÑA

http://suscriptor.lne.es/opinion/2018/01/06/rebelion-faeneras/2218570.html

La medida del sentimiento de los animales

El Parlamento aprueba una ley que impone que los animales no son objetos

Era la finca donde habitaban mis abuelos y allí había desde un caballo a un loro. Perros, gatos, patos, conejos, gallinas, muchas gallinas y hasta una incubadora de pollos. La familia convivía con naturalidad con este variopinto elenco de animales y hasta el lorito parecía uno más en las conversaciones. Conocí desde pequeño su compañía y nunca me pareció que fuesen cosas. Los veía mirar, comer, dormir, buscar mimos, hasta hablar. El ave parlanchín de curiosos colores clamaba a la hora de la merienda: «Lola quiero chocolate». Todo era natural. Ahora unos dicen que no y aprueban una ley como remedio. Prefiero el Código Penal.

Con el paso del tiempo estas fincas fueron desapareciendo de los centros urbanos, así como cuadras o establos, granjas, lecherías y otros locales donde hubiese industrias con animales. Las sacaron de las poblaciones y prácticamente solo quedaron los gatos que pululaban por los hogares «para cazar ratones». Únicamente en los extrarradios permanecían fincas con animales domésticos. Hasta tal punto desaparecieron de las calles que hubo un momento en que varios parques zoológicos reservaron espacio para mostrar a los niños de ciudad conejos, patos, gallos, gallinas, burros, ovejas, vacas y otros habitantes de granja.

Pero algunos de estos volvieron pronto a las ciudades y villas como animales de compañía. Y abundaron los perros y luego se popularizaron las mascotas para acompañar a personas que vivían solas o distraer a los niños. Llegó un momento en que regalar una mascota pasó a ser habitual. Y por las calles se ven hoy día muchísimas personas paseando con perros de razas muy diversas, preferentemente de pequeño tamaño. Pero también se puede cruzar uno con alguien que lleva a un cerdito -me suelo cruzar con uno llamado «Mortadelo»-, a un conejo y hasta a un hurón. Pájaros, gánster y peces de colores alegraron muchos hogares con preciosas jaulas y luminosas peceras.

Pero los niños crecen, se emancipan, se cansan del animalito que sigue alimentándose y que crece y empieza a estorbar en casa. Ni padres ni abuelos están dispuestos a encargarse de unos bichos que ya no les hacen gracias a los niños. «Son bebés para toda la vida», dicen con frecuencia, y llega un viaje o unas vacaciones y llega también el abandono de las crecidas mascotas. Una futura ley cuya proposición ha sido aprobada en el Parlamento será promulgada para imponer el respeto a los animales. Porque sienten y padecen, no son objetos, muebles, cosas. Tienen vida y no se les puede maltratar. Perfecto. Estamos cansados de que se les dañe, no los alimenten, les abandonen, que se tiren los peces, las tortugas o los patos a los estanques o se «descuiden» en furtiva escapada al monte.

El problema que pueden tener los elaboradores de esa ley será la medida de ese sentimiento. Porque un perro, un gato, un conejo, un toro de lidia siente y padece. ¿Y un pollo, una vaca, un cordero, un cerdo, una codorniz, una liebre? tiene sentimientos? Quiérase o no, si viven tienen sentimientos. ¿Habrá que calibrar la capacidad cerebral de cada bicho para matizar el trato en esa ley? ¿Matarlos para comerlos será delito? Grillos, gusanos de seda, mariquitas ¿sienten? ¿Decidirá el legislador qué podemos comer y a quién no? ¿Tendrán que dejar de fabricarse los raticidas, los productos para matar cucarachas o ahuyentadores de palomas? Acudamos al Código Penal que ya contiene sus artículos contra la crueldad y el odio y retoquemos alguna norma para establecer que los animales no son cosas o embargables muebles. «Cuando los políticos no tienen nada que hacer matan moscas con el rabo», ironizaba el filósofo Gustavo Bueno Sánchez en estas páginas. Por su parte, Susu apuntaba: «Todos los logros en esta dirección hay que celebrarlos». Respetables opiniones.

Lo que ahora denominamos mascotas antes eran como de la familia. Convivían en la casa con las personas, comían lo mismo que sus dueños, dormían en su rincón, en su alfombra o en el cobertizo adyacente a la vivienda y tenían libertad para entrar y salir a su antojo. Hoy muchos de esos animales son una estimable compañía, pero otros son un lujo o caprichos costosos y exóticos (boas, pirañas, etc.). Es peligroso meter un dedo en el estanque del parque Juan Carlos I de Madrid por las mordeduras que pueda uno sufrir. Está plagado de «mascotas» abandonadas. Pregunto: ¿No están incluidos los delitos contra la crueldad o el odio en los Códigos Civil y Penal? Creo que ese es el lugar idóneo para penalizar el maltrato sea a quien sea.

«Hay que endurecer las penas contra el maltrato animal? y aplicar con dureza las que están ya», señalaba en LA NUEVA ESPAÑA la abogada ovetense Nuria Menéndez, directora del Observatorio Justicia y Defensa Animal, promotora de la proposición aprobada en el Congreso, quien compara su lucha con las conquistas del «lobby feminista», considera hacerse un «selfie» como una forma de maltrato al animal y dice respecto a quienes trabajan la cabaña que «no necesitamos ganaderos para vivir». Aplicar/endurecer leyes existentes es mejor que promover una nueva cuando se produce un hecho luctuoso. ¿O no?

Publicado el 30 de diciembre de 2017 en LA NUEVA ESPAÑA

http://suscriptor.lne.es/opinion/2017/12/30/medida-sentimiento-animales/2215820.html

De nuestra literatura culinaria asturiana

Recuedo de las viejas recetas ante la actualización de la Academia de Gastronomía

Descubrí la caldereta de marisco y pescado siendo un estudiante becario de Periodismo –en prácticas, se decía entonces– en el verano de 1968. Para mí fue un acontecimiento más en un año de gran trascendencia informativa (Mayo francés, Primavera de Praga, matanza de Tlatelolco…). Es el mejor recuerdo de aquel concurso de castillos en la arena que organizaba por las playas de la Península un conocido refresco del mercado internacional en colaboración con distintos diarios españoles. La disfruté invitado en un singular restaurante de Tapia de Casariego. Desde aquel almuerzo invoco y pregono este manjar cada vez que puedo presumir de la cocina asturiana.

Si la gastronomía del Principado tiene como bandera la fabulosa fabada y se vanagloria del pote, las cebollas rellenas, la tortilla de merluza, el besugo a la espalda, la carne gobernada y, más recientemente, del cachopo, el plato más moderno –aunque sea muy veterano en los fogones marineros– considero que es la caldereta por su saludable composición de productos de la mar y la huerta. Sin embargo, aunque figura en guías culinarias y algún destacado tratado de cenadores exquisitos, no se la nombra y se encuentra frecuentemente casi perdida en índices secundarios.

La probable revisión de la lista de platos de origen astur o consolidados en la tierrina que componen el vademécum, GAS, de la Academia de la Gastronomía de Asturias, que comentaba días pasados Luis M. Alonso en este suplemento de LA NUEVA ESPAÑA, sería una estupenda ocasión para reivindicar recetas que figuraban tiempo ha en publicaciones emblemáticas sobre nuestra cocina. Algunas de estas imposibles o muy difíciles de encontrar, al menos fuera de Asturias, allá donde creo que es fundamental difundir la buena gastronomía astur. Me refiero a ediciones como «La cocina práctica», de Manuel María Puga y Parga, libro conocido como «El Picadillo», como señala el inefable Juan Cueto; o «Ramillete del ama de casa», popularmente «El Nieves», más tarde otro referido como «El Carmen» y ya más recientemente «El arte de cocinar», de María Luisa García, «El María Luisa», libro que fuera mi manual culinario de cabecera.

Respeto la autoridad de doctores en la materia, como el presidente de la Academia de la Gastronomía de Asturias, Eduardo Méndez Riestra, premio Fomento de la Cocina Asturiana y autor del celebrado «Diccionario de cocina y gastronomía de Asturias»; saludo la magistratura de tantos maestros de la cocina del Principado, desde los Morán hasta el joven michelin Ricardo González; busco los menús más clásicos de nuestro repertorio allá donde vaya a comer, festejo los magníficos festivales gastronómicos que tienen lugar a lo largo y ancho de Asturias cada año (la fabada, el pote, los nabos, los puerros, el marisco, la harina, etc.) y sigo reivindicando recetas que, si no nacieron en Asturias, se elaboraban hace tanto tiempo en la región que merecen un reconocimiento asturiano.

Reivindico así el arroz con salchichas rojas, los fréjoles con tomate, los arbejos con patatines, los hombrinos fritos, los garbanzos en ensalada, el picadillo con tortos o boroña, los fritos de pixín o los frisuelos y las casadielles, así en «es». Platos quizá muy locales, rápidos, algunos como alternativa a los elaborados a fuego lento y muy de temporada. Y los recuerdo porque el arroz absorbe la grasa y el pimentón de las salchichas dándole una sabrosa textura, a los fréjoles el tomate les aporta un sabor especial, las patatas agradecen el aroma del guisante, unos garbanzos guisados y emplatados con tomate rallado y lechuga aliñada forman una sugestiva ensalada templada. En fin, los fritos de pixín brillan ahora en la carta de los restaurantes asturianos que ya abundan por todo el país y deberíamos resaltar el nombre de los hombrinos, de tradición marinera, que perdieron su nombre por otros apelativos externos, «invasores».

Reivindiquemos el rollo de bonito, la sopa de fégado, la tortilla de cebolla, los fogones que busca Ana Paz Paredes por rincones de esa Asturias felizmente renovada aunque menos conocida.

Publicado el viernes 8 de diciembre de 2017 en el suplemento La Vida Buena de LA NUEVA ESPAÑA

De nuestra literatura culinaria asturiana

http://www.lne.es/vida-buena/2017/12/08/literatura-culinaria-asturiana/2205810.html

El «Cervantes» y su viejo carro de la compra

Premiado y aparentemente huraño, Rafael Sánchez Ferlosio cumple 90 años

«Ese señor mayor, vestido con un traje negro raído, zapatillas, que siempre va con su carro de la compra». Así es conocido por el barrio de la Prosperidad-Ciudad Jardín el escritor Rafael Sánchez Ferlosio. Su viejo traje, su carro (¿cargado de libros?), su andar inclinado, su sombrero para la lluvia y su cara seria, mal afeitado, quizá triste y aparentemente malhumorado, son muy conocidos en la zona madrileña entre el Auditorio Nacional y la larga y comercial calle de López de Hoyos, quien fue maestro de Cervantes. Ese anciano con pinta de pordiosero, apariencia huraña, voz aflautada, quien dijo de sí mismo que «ladra pero no muerde» y cuya biografía, con más de 600 páginas, está a punto de publicarse, ostenta los premios «Cervantes» 2004, Nacional de las Letras 2009, «Nadal» 1955, y cumple ahora 90 años.

En una imprenta cercana a su casa, donde tienen libros «de viejo», encontré un día una edición de bolsillo de «El Jarama». El dueño del establecimiento me miró y dijo: «Dos euros». ¿Conoce usted al autor?, pregunté mientras pagaba. «Pues no. Me trajeron el libro hace tiempo y lo puse con los demás. Nadie me comentó nada desde entonces», respondió. Cuando salía le dije que el autor vivía en el barrio y pasaba casi todos los días por delante de su negocio. En el viejo mercado de «la Prospe» pocos tenderos conocían su prestigio, solamente los «históricos».

Los estudiantes en los años sesenta del pasado siglo en la Universidad Complutense o en Escuela Oficial de Periodismo sí conocíamos a Ferlosio. El profesor Manuel Criado de Val, filólogo, director de escena, que fue decano de Letras y Jefe de la Sección de Estudios de la Universidad Nacional a Distancia (UNED), Jefe de la Sección de Estudios Gramaticales del Instituto Cervantes y director de la Escuela de Investigación Lingüística de Madrid, entre otros muchos destinos, nos hizo estudiar «El Jarama» palabra por palabra, hasta la última coma. Lo malo es que no solamente lo leímos sino que llegamos a aborrecerlo. Y la novela le dio a Ferlosio una de sus primeras definiciones. Plasmó en ella una jornada dominical, en la posguerra, de un grupo de amigos en las orillas del río que riega la vega madrileña con un gran realismo. Una autenticidad que mostraba las miserias de la primaria España de Franco, de la autarquía. Recibió el premio «Nadal» en 1955 y el de la Crítica dos años después y fue objeto de estudio por sus diálogos y descripciones lineales. Claro que el bueno de Criado de Val nos estropeó el relato en la búsqueda de adjetivos, pronombres, adverbios y diversas figuras literarias.

Rafael Sánchez Ferlosio era hijo de uno de los ideólogos de Falange, Rafael Sánchez Mazas, quien fuera corresponsal de «Abc» en Roma, donde nació el escritor. Pero su obra tiene poco que ver con el pensamiento de su padre. El joven Ferlosio estuvo casado con Carmen Martín Gaite, con la que compartió una poética realista -inspirada en el neorrealismo italiano- junto a Jesús Fernández Santos, Ignacio Aldecoa, Alfonso Sastre, fundadores de «Revista Española», y fue miembro del Círculo Lingüístico de Madrid junto a Agustín García Calvo, Carlos Piera o Isabel Llácer. Aunque su primera novela fue «Industrias y andanzas de Alfanhuí», que podría ser considerada como el primer relato español del llamado realismo mágico.

Tras alguna otra obra de relatos pasó largo tiempo escribiendo artículos periodísticos y ensayos, usando la reflexión crítica con un personal análisis erudito sobre las técnicas y los recursos narrativos. Publicó tres decenas de obras o agrupación de ensayos. En 2008 publicó «God & Gun. Apuntes de polemología» (2008), un conjunto de reflexiones sobre la historia, la guerra, la religión, el derecho y el fanatismo. Su última obra publicada ha sido «Campo de retamas», en 2015, año en que recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

Ferlosio apenas pasea ya su carrito de la compra por la contestataria «Prospe», uno de los últimos reductos industriales del centro de Madrid, entorno en el que viven o vivían artistas como Gabriel Celaya y Amparitxu, Javier Krae, Imanol Uribe, Manolo Pilares, María Ostiz, Josele Román, El Gran Wyoming, Miguel Ríos, Ana Belén y Víctor Manuel, el magistrado Martín Pallín…

Publicado el martes 5 de diciembre de 2017 en LA NUEVA ESPAÑA

http://suscriptor.lne.es/opinion/2017/12/05/cervantes-viejo-carro-compra/2204131.html