El campo asturiano ha estado relegado durante tanto tiempo que cuando alguien sobresale por quedarse a trabajar en su pueblo es noticia en los periódicos. Una tras otra, todas las semanas se publican en LA NUEVA ESPAÑA relatos de jóvenes asturianos que, con gran preparación y estudios, prefieren no salir de Asturias o volver a ella para emprender una nueva industria, una iniciativa realizable desde su tierra natal. La gran mayoría reivindica implantarse en su aldea, en el campo, fuera de las villas o ciudades, de las concentraciones urbanas. Una decisión hoy demasiado dura. Falta todo tipo de servicios.
«Me quedo en el pueblo» ya es una subsección clásica de este periódico. Cada jueves, en las páginas de Campo y mar, se publican informaciones sobre ganadería, agricultura, mercados o industria alimentaria. Pienso que quienes, por cuestiones laborales, digo como ejemplo, viven-vivimos en pueblos y ciudades «urbanas» pasamos estas noticias con rapidez, sin apenas leerlas. Sin darle importancia al sector primario.
Quizá esta actitud provenga de que en un pasado bastante reciente la representación de Asturias era una imagen de zona industrial y minera. Al menos allende la cordillera primaba la idea de una región no verde sino negra y conflictiva, además de lluviosa y poco atractiva para el visitante. Quienes salíamos fuera por estudios o por trabajo debíamos luchar contra la rémora de tener que desmentir esa idea despectiva de una tierra oscura, poco recomendable, refutar la maldad de esa imagen triste y belicosa (huelgas mineras, Revolución del 34?), al tiempo que luchar contra la broma de gente introvertida y con un lenguaje «gracioso». La cantinela del acento de los serenos, la sidrina, la pesada fabada y el mal tiempo permanente, todo con retintín.
Lo que hoy exporta el Principado pretende acabar con todo lo expuesto en el párrafo anterior. Un paraíso natural, una tierra verde y hermosa, unas gentes extrovertidas, amables, agradables y acogedoras. Una región atractiva, llena de recursos naturales, alegre y pacífica, con una excelente gastronomía. No hay duda de que ahí está el futuro, cuyo presente comienza a despegar.
Pero para consolidar esa pretensión es necesaria la materialización de una voluntad política y empresarial que alimente el motor del vehículo que nos dé de comer. Es decir, poner a producir el campo, como señalaba un reciente editorial de este diario. Salvar la zona rural, potenciando su producción, dotando a los ganaderos y agricultores de las comodidades de las que disfrutan los «urbanitas». Servicios y tecnologías actuales han de alcanzar a los rincones donde el trabajo es sufrido, sin apenas tiempo de descanso, duro y «sin domingos» como es el del campo, el del agricultor que ha de vigilar su huerta, el del ganadero pendiente de sus bestias. Deben procurarle bienestar.
La leche, el queso, la sidra, les fabes, la ternera asturiana no saben de calendario, pero quienes trabajan en su elaboración, atienden su manutención, velan por su ordeño, su elaboración, su crecimiento y cuidado son humanos. Personas que aspiran a tener las mismas comodidades, similares servicios y ratos de ocio, idénticas vacaciones y derechos laborales que obreros, técnicos, profesionales, funcionarios y demás trabajadores de la ciudad. Tanto legislativo como ejecutivo comunitarios deben proteger, promocionar, establecer una legislación que iguale a todos los contribuyentes en cánones y oportunidades. Vivir y trabajar en el campo no puede significar más sacrificio que el propio de su naturaleza, de su esencia, de su complejidad. Servir al sustento, la satisfacción y el placer a los demás debe tener todos los derechos y deberes que cualquier otra profesión.
Si la promoción de los atractivos de Asturias -según el vídeo institucional- enfatiza que el Principado es el refugio antiestrés, del disfrute, contra la rutina, un lugar para ser libre, para la aventura y sentirse vivo, ese paraíso lo deben disfrutar también los asturianos, tanto de la ciudad como del campo. La legislación y la implantación de esa igualdad es obligación de la Junta y el Gobierno astures. O el campo se despoblará (Asturias es líder en el número de pueblos sin ningún habitante). Expertos como el profesor y exconsejero Jesús Arango o el pionero naturalista Benigno Varillas pueden aportar sus trabajos para demostrar las posibilidades y necesidades para desarrollar una satisfactoria vida en el campo. Así es la democracia.
Artículo publicado el miércoles 19 de julio de 2017 en LA NUEVA ESPAÑA
http://suscriptor.lne.es/opinion/2017/07/19/campo-ambito-maltratado/2137454.html