La situación no es tan ideal como se preveía entonces (Recopilación noviembre)
Celebramos estos días los treinta años de la caída del Muro de Berlín, aquella demostración de que el llamado «socialismo real» no era tal. Paseo con frecuencia por el madrileño Parque de Berlín -vivo a unos trescientos metros- y contemplo de vez en cuando las tres planchas traídas de sus restos desde la capital alemana, no sé si para decorar el estanque o para recordarnos a los vecinos de Chamartín su horrible significado. Han pasado tres décadas, se han levantado otros muros en el mundo, todos para separar a las personas y demostrar la insolidaridad humana de muchas ideologías.
Hoy se recuerdan aquellos días de noviembre de 1989. Días de liberación para millones de personas que permanecían oprimidas por dictadores defensores de unas ideas mientras practicaban las contrarias, que predicaban la liberación de la opresión mientras ellos practicaban la tiranía. Millones de personas no solamente de Berlín sino de cinco landers alemanes, de países como Polonia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Albania? Aquellos días en que se fue descomponiendo todo un imperio de terror. Primero con el triunfo de un gobierno de Solidaridad en Polonia, luego con la apertura de una frontera húngara hacia Austria o la caída del dictador Honecker en la parte alemana del Este? en fin, la endeble apertura de la perestroika y la glásnost iniciadas por Mijail Gorbachov en la Unión Soviética.
Luego vinieron semanas de incertidumbre. De los primeros berlineses orientales que viajaron al oeste para comprobar la vida en libertad al derrocamiento de la terrible familia de Nicolae Ceaucescu en Rumanía. Todo se fue precipitando en los países que habían estado décadas encerrados tras el Telón de Acero, el gran muro levantado por la URSS para «protegerlos» de Occidente. Los cambios se fueron produciendo y menos de un año después de que el portavoz del Partido Socialista Unificado de la República Democrática Alemana anunciase sorpresivamente que los berlineses orientales podrían viajar a Occidente el canciller Helmut Kohl declaró la unificación de las dos partes de Alemania.
Treinta años después de estos sucesivos acontecimientos la situación no es tan ideal como se podía prever. Sigue habiendo una gran división cultural y comercial entre aquellas dos partes en que estuvo dividida Europa. Ya solo quedan algunos restos del Muro para recordatorio de su nefasta existencia, hoy obligada visita turística marcada por una línea de adoquines que dibujan el largo recorrido de la gran tapia separadora. Pero, como señala Rosa María Artal en un libro colectivo publicado por antiguos compañeros de redacción, sustituyó «el socialismo por el gobierno de las corporaciones y las empresas», es decir, los grandes depredadores, especuladores, hoy archimillonarios. Llegaron recesiones «no previstas» en profundidad y duración. La calidad de vida no alcanza lo esperado y se mantienen las diferencias entre estados. Los jóvenes bien formados de Sajonia y Alta Sajonia, de Brandemburgo, Mecklenburgo-Pomerania y Turingia huyeron al oeste mientras el desarrollo de esos cinco landers orientales sigue siendo deficiente.
La canciller Angela Merkel, nacida en la parte oriental, reconocía hace un mes que «la unidad nacional de Alemania se ha completado, pero la unidad de los alemanes aún no se ha logrado. La mayoría de los alemanes del Este se sienten ciudadanos de segunda». La altivez de los wessies considera una carga a los ossies. Una gran parte de los millennials occidentales todavía no han visitado Berlín, «una ciudad del Este». Si hoy los alemanes pagan de su sueldo un pequeño impuesto para apoyar la recuperación de la igualdad entre ambas partes, el «injerto falla» según algunas fuentes porque no crecen igual Oriente y Occidente. En cuanto a cuestiones políticas el gran crecimiento de la extrema derecha se produce en los landers orientales, con amenazas y episodios violentos en Dresde y otras ciudades. Un crecimiento que aparece también en países vecinos como se observa en Polonia, Hungría, Bulgaria -hoy integrados por conveniencia políticoeconómica en una culturalmente confusa Unión Europea-. Según estudios de la etnógrafa Kristen Ghodsee, profesora en la Universidad de Pensilvania, especializada en la Bulgaria postcomunista, los pensionistas se ven obligados a elegir entre medicamentos, calefacción o comer, no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas mientras en la capital, Sofía, abundan el lujo, los gourmets, los turistas o los supermercados llenos de quesos de todo el mundo. Y los analistas expertos en Europa del Este vaticinan que hará falta otra década para lograr un equilibrio entre ambas partes.
Publicado el sábado 9 de noviembre de 2019 en LA NUEVA ESPAÑA
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