Nos matan la ilusión

Las vacaciones se acaban para unos o quedan muy atrás para otros. El final del verano nos devuelve a la labor diaria, a la costumbre, a la rutina. Y nos retira la holganza, la folixia, la diversión, la playa, la montaña, la siesta. Regresamos a la cotidianidad. Aparecen entonces casos del síndrome postvacacional. ¿Realmente es así?
No. Al menos para muchos de nosotros no. La situación, las circunstancias, las condiciones van cambiando aunque los protagonistas parecen los mismos. Pero no lo son aunque las personas sean físicamente las mismas. Los ajustes, los recortes, las restricciones, las ausencias… lo van alterando todo. Hasta la ilusión.
Los/as maestros/as, los profesores, los profesionales de la enseñanza, los/as trabajadores de colegios e institutos vuelven desmoralizados. Quienes retornan, porque muchos se han quedado en el camino, en el paro, en la desesperación, llegan con los horarios prolongados, los salarios disminuidos, las funciones laborales distintas. Tienen más horas de clase, más alumnos en el aula, menos tiempo de biblioteca, de preparación, de actualización, de estudio de su asignatura. La precariedad laboral es notoria. Las condiciones de trabajo han empeorado tanto como ha disminuido la ilusión por su labor, por su profesionalidad, por su amor a la docencia.
Los/as médicos, los/as enfermeros/as, fisioterapeutas, celadores, auxiliares, administrativos de los servicios sanitarios, hospitales, centros de salud, ambulatorios regresan en unas condiciones cada vez peores. Horarios más largos, honorarios más cortos, restricciones de material, planes laborales cada vez más precarios, muchos puestos de trabajo privatizados y en peligro extinción o en mayor inestabilidad. El escenario es de desánimo general.
Quienes vuelven a la labor asistencial, los que trabajan en labores de dependencia, que se encargan de la ayuda a personas que no se valen por sí mismas, se encuentran menos compañeros para la misma función y han de realizar más trabajos por el mismo salario y con un horario más extenso. Y si nos fijamos en las antípodas ocupacionales, en los profesores de educación infantil, los educadores de guardería, las condiciones son parecidas por la clausura de muchos centros ante la vuelta de muchas madres desocupadas por cierres empresariales. Y los que retornan lo hacen temerosos, mermados de ilusión.
Estos y muchos otros profesionales, arquitectos, ingenieros, contratistas, albañiles, abogados, periodistas, hosteleros, tenderos, marinos y hasta «shipbrokers» o gestores de fletes (debido a las primaveras árabes y las guerras del Mediterráneo) vuelven desmoralizados. Los sindicatos señalan que este ha sido el verano de mayor precariedad laboral. Los últimos datos dicen que hay un millón de amas de casa que busca empleo mientras un 30% más de hombres se dedica a la casa desde 2008. Un reportaje de LA NUEVA ESPAÑA informa que desde ese año la llamada Generación de Villalpando (los jóvenes asturianos que trabajan en Madrid y regresan los fines de semana) ha mermado unas 1.900 personas, lo que quizá significa que otras tantas terminaron en el paro.
Cada vez regresan menos al trabajo y los que vuelven llegan con la moral encogida pues les mataron la ilusión.

Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA el martes 24 de septiembre de 2013

http://www.lne.es/opinion/2013/09/24/matan-ilusion/1473390.html

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