El abuelo saltó a tiempo

A propósito del caso del «niño Nicolás» nadie dimite

El colmo de la situación que padecemos en este país puede ser el caso del «niño Nicolás». Digo colmo en la acepción de la Real Academia (RAE) que lo define como «haber llegado a tal punto que razonablemente no se puede superar». En unas jornadas en que la actualidad gira en torno a las tarjetas «black, fantasma, opacas?», los presuntos negocios fraudulentos de la familia Pujol Ferrusola, la polémica política sanitaria respecto al ébola, con la enésima marea blanca por las calles, la imputación de destacados dirigentes del Partido Popular por la presunta utilización de una llamada caja B y las implicaciones en negocios con la trama Gürtel, las presiones de todo tipo en relación con las intenciones soberanistas del Gobierno de la Generalitat, cuando ya no caben más problemas en los índices y rataplanes de los medios de comunicación, surge el culebrón protagonizado por Francisco Nicolás Gómez-Iglesias. Y nadie dimite.

A pesar de que el niñato («jovenzuelo, petulante y presuntuoso», según la RAE) madrileño ha jugado con la seguridad nacional, con la familia real, con la cúpula del partido en el Gobierno, con los directivos de la patronal y el sursuncorda sus andanzas son tomadas a broma, nos asombramos de sus hazañas, nos reímos de sus atrevimientos y ya se habla de la realización de alguna película. Y nadie dimite.

Hace pocas fechas renunciaba al cargo Julia Pierson, directora del Servicio Secreto de Estados Unidos. Se consideró responsable del fallo ocurrido en los jardines de la Casa Blanca cuando Omar J. González, veterano de la guerra de Irak con problemas mentales, penetró en el recinto presidencial y hasta compartió ascensor con el presidente Barack Obama [al redactar este texto informan sobre la entrada de un segundo intruso en el recinto presidencial; posibles nuevas dimisiones]. Es decir, dimite la máxima autoridad en temas de seguridad del país.

Y aunque los problemas de seguridad se producen ante los mandatarios de todo el mundo -a Angela Merkel la persigue otro demente, por ejemplo- los hechos no disculpan lo que ha ocurrido tanto en palacio como en sedes de partidos, organismos oficiales y empresariales. Pero aquí no solo nadie dimite sino que apenas se pide una investigación. Y el «pequeño Nicolás» burló impunemente la seguridad del Palacio Real y «chocó» la mano del Rey y la Reina precisamente el día de su asunción al trono de España, fue escoltado por policías a diversos actos programados por él y a saber cuántas otras ocurrencias irán apareciendo a lo largo de los días sobre sus despropósitos y presuntas estafas.

Así podríamos alcanzar el cinismo y la desfachatez de David Blunkett, ministro del Interior del Gobierno de Tony Blair, en 2003, cuando justificó el clamoroso fallo de que el periodista Ryan Parry, del «Daily Mirror», se colase durante dos meses en Buckingham Palace como ayuda de cámara, sirviese a la familia real británica en sus habitaciones más privadas, fotografiase sus relaciones familiares y estuviese a punto de asistir como exclusivo camarero al presidente George W. Bush en su visita a la reina. Blunkett señaló entonces que «una de las grandezas de la democracia es que este tipo de violaciones están abiertas al escrutinio público, que podemos aprender rápidamente de ellas y que no se oculta nada debajo de la alfombra». Los hechos invitan a seguir los delirantes pasos descritos por el sueco Jonas Jonasson en su superventas «El abuelo que saltó por la ventana y se largó». El abuelo saltó a tiempo.
Publicado en LA NUEVA ESPAÑA el martes 4 de noviembre de 2014
http://suscriptor.lne.es/opinion/2014/11/04/abuelo-salto-tiempo/1666163.html

3 thoughts on “El abuelo saltó a tiempo”

  1. Es más de lo mismo; pero seguimos comentándolo en privado. No somos «parte interesada» según la legislación, así que no podemos personarnos a presentar una denuncia ni a reclamar esa investigación exhaustiva y mucho menos solicitar con un mínimo de probabilidades la destitución de ningún cargo.
    ¿Hasta cuando…..?

  2. No intento ser representante de nadie más que mi persona pero al publicarlo en uno de los medios de mayor difusión (tiene más audiencia que La Razón, por ejemplo; es el octavo medio tras los pretendidamente poderosos de tirada nacional) a lo mejor logramos que conciencie a más gente. Con este artículo y con los siguientes. Ya hay otro más publicado con esta intención.

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