Caleao

Este artículo publicado hace meses no lo incluí entonces por problemas técnicos

Disfruté bastante en Caleao cuando era poco más que un guaje.
Un verano de hace ya unas cuantas décadas estuve unos días allí,
en un campamento que organizaba una parroquia avilesina. Creo
que era del barrio de Llaranes. Estaba a la orilla del río y en él lo
pasamos muy bien un centenar de chavales de entre diez y
quince años. Al menos ese es mi recuerdo. Iba de subjefe de la
expedición un primo mayor y al enterarse de que había una plaza
vacante solicitó a la parroquia cubrirla conmigo, aunque yo vivía
en La Felguera, lejos de la feligresía de Avilés. La expedición fue
una aventura desde el principio ya que viajamos hasta el
campamento en la plataforma descubierta superior de un viejo
autobús que hacía el recorrido entre árboles, montes y el río.
Recuerdo los días en aquella majada montañera, en una
docena de elementales tiendas de campaña, al lado de un Nalón
recién nacido, con excursiones por senderos entre bosques y con
noches de fuegos y canciones solidarios. Y tardes de baño en las
frías aguas de manantial y de rudimentaria pesca de truchas con
el único aparejo de un tenedor. Naturaleza pura.
Caleao puede haber cambiado, crecido, haber alterado la
tranquilidad de una aldea rural de mediados del siglo XX. Quizá
tenga poco que ver con el Caleao de aquellos días de acampada
que disfrutamos un centenar de muchachos. Pero supongo que
sigue siendo el pueblo tranquilo que desea tener vida y progreso,
dar aliento a unos vecinos en estos tiempos de abandono de los
núcleos rurales. Leo en LA NUEVA ESPAÑA que “Caleao busca
atraer a teletrabajadores que hagan de pastores a tiempo
parcial”. La iniciativa, que lleva bastante tiempo en estudio por
parte de expertos y paisanos de la localidad del concejo de Caso,
intenta que montes de este entorno rural pasen a formar parte

de una red de pueblos de diversas comunidades que mantienen
reservas de antiguos herbívoros salvajes autóctonos y en cuya
gestión participasen jóvenes locales y trabajadores a distancia.
“La idea es captar población y favorecer el desarrollo del
tejido económico rural”, señalaba el naturalista Benigno Varillas,
el promotor, quien añadía que la modalidad ya funciona en el
sevillano Aznalcázar, el cacereño Piornal y en San Cebrián de
Mudá, en Palencia, donde existen reservas de antiguos animales
que poblaron España y que hoy están en peligro de extinción.
Hablamos del bisonte europeo, del uro, la vaca sayaguesa de
Zamora, de caballos de razas como el tarpán, el pottoka, el
asturcón o el przenwalski. Y hablamos de las atractivas reservas
que se van creando en esas localidades y otras como Malpartida
de Plasencia, en el Parque Natural de Monfragüe, en los campos
aledaños a las investigaciones de Atapuerca, en Burgos, etc..
Benigno Varillas, cuya labor de divulgador naturalista ha
recibido tan notables galardones como el Nacional de Medio
Ambiente, del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo (1989),
el Ford a la Conservación (1996), el FONDENA otorgado por el
rey de España (2007), el BBVA a la Difusión del Conocimiento y
Sensibilización en Conservación de la Biodiversidad (2007), todos
de reconocido prestigio internacional, es el principal motor de
esta reserva del bisonte europeo en Caleao. “Es un modelo que
está funcionando en otras partes del mundo”, dice Varillas, para
quien el proyecto permitirá crear “comunidad y tejido social” y
enriquecer el clúster turístico de Redes, el queso Casín, la pesca y
la artesanía maderera. Asturiano del Mes, otorgado por este
diario en noviembre de 2007, este periodista nacido en Tudela-
Veguín, ha convivido con los massai en Tanzania, con indígenas
namibios, organizado reservas naturales en varias comunidades y
dirigido cursos y publicaciones especializados en conducta y
naturaleza de numerosas especies animales. Éxito asegurado.

Publicado el 2 de diciembre de 2016 en LA NUEVA ESPAÑA

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