La aldea es víctima de los poderes económicos y sus luchas
El argumento de la película “Ana y los lobos” ( 1973), de Carlos Saura, creo que se refleja hoy día en un pequeño pueblo, Barru. Esta hermosa aldea es objeto de un gran acoso por varios lobos de la especulación y la construcción. La razón está en que es una de las joyas de la corona de Llanes, el concejo más atractivo del turismo marítimo-rural de Asturias. Aunque la crisis parecía detenerlo, unos u otros, los lobos prosiguen su acoso a Barru.
Cuando los gobiernos democráticos fueron implementando leyes que regulaban la edificación, los planes de ordenación urbana, se fue acabando la construcción de casas donde cada uno tenía “su prau”. Coincidía en el tiempo con la política de regulación de jubilaciones y ayudas a la población agraria y poco después con la implantación de una política agraria común (PAC) europea. Las cuadras pequeñas fueron desapareciendo, muchos campesinos se acogieron a las nuevas normas de retiro y el campo se fue despoblando de la cabaña, de vacadas, rebaños y ganaderías diversas. Por tanto, los prados perdieron su primitivo objetivo: los cultivos para alimento de los animales domésticos; también la horticultura para consumo familiar ante la comodidad de un retiro remunerado. Durante un tiempo la inactividad dejaba la mayoría de las fincas casi abandonadas.
Por su parte el turismo fue creciendo, la actividad hostelera intensificándose. La belleza del paisaje, las playas y la cercanía de la montaña atraían cada vez a más gente. El atractivo al visitante se complementaba con una gastronomía singular y unos precios asequibles. Y llegó la especulación. Barru parecía tener todos los ingredientes para los intereses de constructores, restauradores, hoteleros. Los dueños de pequeños terrenos, generalmente prados ya no dedicados a cultivo, se dejaron querer y fueron vendiendo. Comenzó la carrera de los especuladores, que se fueron haciendo con casi todos los terrenos susceptibles de entrar en los planes urbanísticos municipales. Unas regulaciones sucesivas aprobadas por la corporación de Llanes, hasta el momento tres, que van, una a una, echando abajo los tribunales.
Y no es que los jueces la hayan tomado con la construcción en sí sino que son ellos quienes han dirimido en la guerra entre especuladores. Y en Barru el conflicto llegó a cotas importantes. Un ejemplo significativo es la edificación y derribo de un hotel en las inmediaciones de la playa, hecho insólito que ha llenado páginas en los medios de comunicación. Entre otras cosas por la rápida sentencia y su también rápido cumplimiento. Toda una lucha entre especuladores. Los pleitos planteados entre ellos han motivado una guerra que ha sido contemplada por los vecinos, los barrucanos, desde la impotencia y sin opción a intervenir en defensa de los derechos locales.
En una población de alrededor de un centenar de censados la especulación se dirime entre cuatro o cinco poderosos foráneos que compraron los terrenos más propicios para la construcción de edificaciones vacacionales. La crisis y la falta de regulación urbanística municipal por decisiones judiciales ha empezado a relentizarse en esa contienda y alguno de los contendientes parece que se retira. Otros han paralizado su ansia de acumulación y construcción, al menos de momento. Pero si unos decrecen surgen otros que quieren aprovechar los huecos. Unos y otros han contado con cierta dispensa municipal, fuese del signo que fuese. Y así, hoy alguno logra favores de la municipalidad que no consiguen nunca los barrucanos “de toda la vida” (acotación de lindes, control de aparcamientos, etc.). Es decir, los lobos foráneos acosan a las ovejas autóctonas. Pero el cuatripartito gobernante en el concejo ni se entera, mira para otra parte, obedece o hace la vista gorda. La ley del más fuerte.
Publicado el jueves 23 de agosto de 2018 en las páginas de Oriente de LA NUEVA ESPAÑA
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