Los conflictos sin tregua en el socialismo madrileño
La oficial familia socialista de Madrid parecía en un tiempo homologable a cualquiera otra familia típica española, con sus líos caseros, sus disidencias, sus rencillas entre los diversos miembros. Peloteras que tenían periodos de calma y puntos álgidos en épocas valle. Surgían más las pendencias antes de las campañas que en tiempos preelectorales. Por eso, durante una larga fase, padres, hijos, primos o cuñados se avenían cuando se acercaban a las urnas. Ya no, ahora da lo mismo que se aproximen cuatro convocatorias electorales o que no se vislumbre ese joyero transparente y con ranura en el que se depositan los votos. Las treguas han desaparecido con internet y las redes sociales.
En la familia socialista madrileña eran conocidas varias tendencias que buscaban el mismo objetivo por caminos diferentes. Estaban los guerristas, los renovadores, los renovadores de base y la corriente de opinión cristalizada en Izquierda Socialista. En realidad eran vectores que convergían camino de un mismo blanco pero con distintos grados de pragmatismo. Los primeros estaban liderados por José Acosta, que pregonaba un socialismo clásico aunque sin fuerza para gobernar la federación; los renovadores eran los más pujantes, encabezados por Joaquín Leguina, que fue el primer gobernante de la Comunidad Autónoma de Madrid; los renovadores de base, los menos conocidos, eran una derivación de los anteriores y, aunque capitaneados por José Luis Balbás, en sus filas sonaron nombres tan dispares como José Borrell, Fernando Morán, José Luis Rodríguez Zapatero o los protagonistas del «tamayazo» -Eduardo Tamayo y Teresa Sáez- que les arrebató el poder; por último, la Izquierda Socialista de los profesores Luis Gómez Llorente -diputado por Asturias en las primeras legislativas-, Francisco Bustelo o Antonio García Santesmases y el abogado Pablo Castellano, que en la comunidad madrileña tenía su figura más visible en Manuel de la Rocha, alcalde de Fuenlabrada, un pequeño núcleo del llamado cinturón rojo de la capital.
En realidad cada tendencia del socialismo madrileño en tiempos de la Transición tenía su poder en la mayoría de las alcaldías de la comunidad, pues salvo un municipio gobernado por el centro y dos o tres por partidos a la izquierda del PSOE, copaban las grandes corporaciones. Hoy ese cinturón se ha tornado azul y el poder socialista casi ha desaparecido. Lo que avivó la desorganización en la obra fundada por un anterior Pablo Iglesias y unos cuantos correligionarios en Casa Labra, una taberna a dos pasos de la Puerta del Sol.
La destitución de Tomás Gómez, para unos respetando los estatutos del partido, para otros forzándolos hasta desfigurarlos, parece la gota que puede desbordar el vaso. Un recipiente agrietado, un lobo enjaulado con problemas de supervivencia, un contenido cada vez más difuminado y una familia cada día más dividida. Para intentar salir de tan controvertida situación, la dirección federal busca una figura más atractiva para el votante, una cara afable y menos ruda aunque no pertenezca a la familia. El exministro Ángel Gabilondo, un intelectual conciliador que pueda emular al profesor Enrique Tierno, quien para muchos madrileños desbancó a Carlos III como mejor alcalde de la capital. Pero la familia se encuentra en un punto casi sin retorno. Como señala otro Gabilondo, su hermano Iñaki, «¿qué persona inteligente querría meter su cabeza en la boca de este lobo?»
PUBLICADO EN LA NUEVA ESPAÑA el sábado 21 de febrero de 2015
http://suscriptor.lne.es/opinion/2015/02/21/familia/1716665.html
Si Gabilondo se lleva el gato al agua en las próximas elecciones, el socialismo madrileño formará piña, es la mejor y única vaselina. En la política como en el fútbol: «Ganar, ganar y ganar y, después, ganar, ganar y volver a ganar…», de lo contrario, problemas, es decir, una jaula de grillos.
Un abrazo. Fernando Alonso