Nos levantamos temprano. Nos había despertado la alarma del teléfono que anunciaba la llegada del e-mail con los titulares del día de LA NUEVA ESPAÑA. Desayunamos sin prisas, miramos el tiempo en internet, algo mejor que el de las jornadas anteriores, lluviosas y ventosas, desagradables. Tras un rato de relajo, empezamos a recoger, deshacer camas, llenar maletas y agrupar utensilios de viaje. Y mientras uno llamaba a Madrid para saludar a los que no habían podido venir, otro sacaba las bolsas de basura y el resto se dedicaba a revisar las estancias de la casa para no dejar nada encendido, abierto, sin desconectar o sin cubrir para evitar los efectos de la humedad. Entre una cosa y otra, salimos hacia las once.
Pasamos primero a despedirnos del resto de la familia. Habíamos venido a una celebración familiar y no volveríamos hasta bien entrado el verano. Dejamos Barro cerca del mediodía y nos dirigimos a Posada para cumplir con la tradición de comprar bollos preñaos para cenar y repartir entre los amigos. También para adquirir los periódicos y bebida para el camino.
Una vez en la carretera, vimos los tejados de Llanes a la izquierda y sufrimos una media hora de caravana en el tramo sin autovía hasta Unquera. En ese tiempo uno encendió su tableta, otra recogió la llamada de un paciente y el resto comentamos si encendíamos la radio o escuchábamos música ya que viajábamos personas de distintas generaciones y gustos musicales.
El viaje transcurría tranquilo y tras pasar por una Torrelavega llena de carteles con reivindicaciones de los trabajadores de Sniace, superar las nieblas de Reinosa y el pantano del Ebro y los encantadores olores de Aguilar de Campoo, el pueblo de las galletas, llegamos a Olmillos de Sasamón. Sólo conocemos su entrada, ya que paramos allí porque nos pilla a mitad de camino, tiene una solitaria gasolinera, un bar que dispensa platos combinados y en frente un hotel restaurante para comidas más elaboradas y reposadas. Además, en ocasiones nos encontramos con amigos y conocidos con los que también coincidimos en Asturias o en Madrid.
Reemprendemos el camino tras el reparador almuerzo con su café antisomnolencia de rigor. Nuevas comunicaciones telefónicas para anunciar la posición, programar encuentros con las amistades y comentar la bonanza del viaje, «por ahora sin agobios ni retenciones». Pronto bordearemos Burgos, Lerma, Aranda de Duero, dejamos el este segoviano y entramos en la comunidad de Madrid por las pendientes de Somosierra y la popular Sierra Pobre. Al final, algún «paroncillo» puntual en los aledaños de las áreas multicomerciales cercanas a la capital y poco más. Y hacia las seis en casa. WhatsApp a los amigos, llamadas de bien hallados en el hogar y saludos a los no avisados del viaje para no inquietar a los preocupados seres queridos.
Perdóneme George Orwell (autor de «1984») el título que encabeza este texto, «2013». Cuento todo esto con detalle porque se sale de la rutina diaria. Lo hago para que se enteren ustedes, para que no sean solamente Obama, Cameron, Facebook y el correspondiente largo etcétera los que lo saben todo de nosotros, los que nos tienen en sus visores, nos vigilan, nos espían, pinchan nuestros ordenadores, nuestros teléfonos, nuestros GPS, ¿nuestros cerebros? ¡Qué poco falta!
Publicado el miércoles 3 de julio de 2013 en LA NUEVA ESPAÑA
Ahora lo se todo de ti!Como lo deseaba ,me he enterado de tu vida con tu permiso (leyendo te) detalles de tu viaje,de donde se tiene que pasar para ir desde Barro a Madrid pero lo que no entiendo es tu modo de viajar :autobus,coche particular,?…parece que hay mucha gente contigo en el coche si coche es.Quienes son?Ves que no dices todo!
Hasta luego Fernando.Mireille
Es un viaje de lo más habitual, en coche y por la ruta más corta. Casi siempre hacemos lo que explico. Lo hacemos varios de los que vivimos en Madrid y viajamos a Barro. Desde ahora te remitiré los artículo que se publiquen. Así te enterarás más de mis andanzas. Saludos a Dominique. Ya me contarás cuál es vuestro calendario de vacaciones y si viene Mimí.
Besos. Fernando