La Transición tuvo buen humor

Anécdotas y fórmulas seguidas por los humoristas entre la dictadura y la democracia

“Una sonrisa vista a través de una lágrima”. Así definía el humorista barcelonés Avel·lí Artís i Gener, también conocido por Tisner, el humor en los años de la dictadura. Lo recogía en “El humor político en la actual prensa diaria española”, la tesis de final de carrera que compuse en 1971 con las respuestas de una treintena de humoristas. “La Transición en tinta china”, la exposición que los Príncipes de Asturias inauguraron hace unos días en la Biblioteca Nacional, recoge ahora el humor que se publicó con la llegada de los primeros síntomas democráticos.

“Una vez en ‘Informaciones’, allá por 1975 o 76,  dibujé a Carrillo, Tierno Galván y Ruiz Jiménez celebrando una reunión de la Platajunta. Al día siguiente cuando compré el periódico lleno de ilusión porque era la primera caricatura que publicaba de la oposición comprobé con horror que el dibujo estaba emborronado y apenas se podía distinguir a los protagonistas. La caricatura consiguió colarse hasta la rotativa. Al ver las primeras pruebas y ante los problemas que podía causar al periódico y al dibujante la publicación de aquella imagen de los clandestinos, los trabajadores de talleres procedieron a dar un martillazo selectivo en la plancha con tanto tino y precisión que Carrillo volvió a la clandestinidad camuflado bajo la mancha de tinta negra; Tierno Galván se parecía a Fidel Castro, pero en cambio un impoluto Ruiz Jiménez resplandecía como un serafín”, cuenta ahora José María Pérez, Peridis, a preguntas de LA NUEVA ESPAÑA. Y es que los humoristas fueron unos de los conductores que amortiguaron los difíciles días que transcurrieron mientras conseguíamos la implantación de la democracia.

Otro ejemplo de aquellos tiempos lo tenemos en un dibujo de Forges bastante perdido en la muestra ahora visitable. Nos relata así el autor: “Dos personas van andando por la calle y una le dice a la otra: -Parece que la cosa es inminente. Y el otro contesta: -¿Qué es lo que es inminente? El primero, precisa: -¿Que va a ser inminente? Pues eso. Y el segundo le responde: -Pero ¿Seguro? Y finaliza el informado: -Seguro”. Y añade Antonio Fraguas: “No se había dicho nada, pero se había dicho todo. Lo entendió todo el mundo, supongo que hasta los censores, pero lo dicho: no ponía nada censurable, aunque lo decía todo y no pudieron ‘actuar’”. Corría abril de 1975.

La exposición, instalada en un laberinto de pasillos, refleja un poco los vericuetos que tenían que seguir humoristas como Antonio Mingote, Cesc, Jaume Perich, Sir Cámara, Caín, Máximo, Juan Carlos Eguillor, Vázquez de Sola, Madrigal, Néstor, Martín Morales, Evaristo Acevedo, Garmendia, Oli, Julio Cebrián, Moncho Goicoechea y una larga generación para publicar cada día. Unos en los periódicos, otros en revistas de humor, aunque algunas, “serias”, hacían sus portadas completas con dibujos humorísticos, como algunas expuestas de ‘Cuadernos para el diálogo’ realizadas por Alcaín. Y todos corrían bastante peligro. Cuenta Antonio Fraguas que los  que si actuaban eran los “comandos incontrolados” que, entre otras cosas, mandaban valientes anónimos al periódico ‘Informaciones’. Uno decía (sic): “Que se prepare Forges, que sabemos a qué guardería van sus dos hijas, a las que vamos a borrar los ojos con lija”.

“La sátira ayudó a ampliar las fronteras de la libertad de opinión y pensamiento, debilitando o eludiendo las estrategias de censura y represión del sistema. En concreto OPS (mi seudónimo de entonces) al no utilizar palabras requería la complicidad del lector para la interpretación de un lenguaje visual bastante complejo, ese lector cómplice era de algún modo coautor de aquello que OPS publicaba”, señala Andrés Rábado, El Roto, al hablar del humor de la Transición. Los dibujantes de aquellos años no solamente contribuyeron al cambio sino que ya adelantaron acontecimientos. Chumy Chúmez publicó una viñeta en la que se veía una gran manifestación con una única pancarta con este texto: “¡Corrupción para todos!”.

 

Artículo publicado el domingo 9 de junio en el suplemento Siglo XXI de LA NUEVA ESPAÑA

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