Los eufemismos que nos comemos

Expresiones que aparecen y desaparecen del vocabulario de tiendas de alimentación y restaurantes

Fernando Granda Famoso es el poeta ovetense Fernando Beltrán por su faceta industrial de dar nombre a empresas y servicios. Es fundador del estudio «El Nombre de las Cosas», preside la Fundación Aula de las Metáforas, aunque personalmente desconozco si es el autor o inspirador de alguna o muchas de las palabras que últimamente encontramos en los nuevos colmados, supermercados y establecimientos para gourmets.

Vengo observando desde hace tiempo cómo una expresión clásica de nuestro vocabulario de tiendas de alimentación y restaurantes ha desaparecido casi totalmente de la terminología. La «zanca de pollo» es prácticamente ignorada por la chavalería y gente joven que conocen como muslo «la parte más larga de las patas de las aves», según fija la Real Academia de la Lengua, al tiempo que señala el origen de zanca en el latín con reminiscencias persas para mencionar a la pierna. La palabra zanca siempre me ha parecido expresiva, tajante y hermosa aunque reconozco que los vocablos no son eternos y una expresión con más gracia, con chispa, pueda sustituirlos, desterrarlos, hacerlos desaparecer. Claro que no le veo ninguna de estas características a muslo, más propio de una extremidad humana.
Si menciono en primer lugar la sabrosa pata de ave, ya sea pollo, pavo, pato, oca u otras delicias gastronómicas, es porque me parece el caso más extraño de cambio de denominación. Sobre todo teniendo en cuenta que no muda por un extranjerismo, por un vocablo de otro idioma más hablado o más fácil de pronunciar o recordar, por una palabra integrante de una expresión más universal, de un plato emblemático. Creo que lo hace por un falso cultismo, cercano al horterismo.
Como muslo para nombrar zanca existen otras varias expresiones menos llamativas. Los argumentos sobre ellas serían similares a los expuestos. Por eso quisiera referirme a otras que inundan las estanterías y las cámaras de las tiendas de alimentación, principalmente, además de nuevos restaurantes y chiringuitos callejeros. La mayoría se emplean (¿se inventan?) para nombrar sucedáneos, imitaciones o variedades menos valoradas que un producto original. Un ejemplo llamativo son las diversas formas de presentar lo que conocemos como surimi, esa masa elaborada con carne de pescado y que según la forma en que se presente puede imitar a las angulas (gulas, guinas, anguriñas?), las gambas, cigalas y hasta pequeños bogavantes (bocas de mar, tronquitos, muslitos de mar, varitas, rollitos?), aunque algunos productores han optado por algo más correcto como «palitos con sabor a? cangrejo, langosta?».
También se venden chanquitos, caprichos, delicias y demás, elaborados con el mismo surimi, la pasta inventada por los japoneses hace más de mil años y recientemente trabajada con métodos industriales. Claro que para atraer al comprador, para conquistar a los niños, siempre más reacios a consumir pescado por su sabor o la dificultad para comérselo, para evitar problemas de atraganto o separación de diminutas espinas, para facilitar la masticación de ancianos, los nombres eufemísticos están alcanzando cotas insospechadas. Y un mismo pescado, por ejemplo, según sea presentado con una u otra forma, sin variación de componentes y elaboración culinaria, puede acoger una buena gama de variadas calificativos: medallones, corazones, porciones, supremas, rodetes o cachetes de merluza, de lenguado, de panga, de tilapia? Los calamares fritos o rabas se pueden llamar hoy delicias, anillas o argollas con o a la gabardina -como antes las exquisitas gambas- y los empanados para los peques reciben nombres como surfers, peskitos o san marinos.
El refinamiento nominal no termina ahí y para mencionar cualquier espalda de animal marino se habla de lomo, a la zona magra del pez se le llama solomillo, mientras a alguna otra parte de un pescado que confieso desconocer pero que debe de ser asombrosamente rica y quizá brillante y dorada (¿evocación de la crisis?) ahora la denominan lingote.Publicado el jueves 8 de agosto de 2013 en LA NUEVA ESPAÑA

http://www.lne.es/opinion/2013/08/08/eufemismos-comemos/1452991.html

Cineastas a la televisión

La parte buena de la crisis de la industria del celuloide

La palabra crisis forma parte de la definición del teatro desde tiempos inmemoriales, pero el arte escénico revive siempre como un ave fénix. Lo mismo se suele decir de la radio y últimamente de la prensa. Ahora le llega el turno al cine y hasta parece que la televisión corre peligro ante las novedades que aporta internet. Pero cada uno va resolviendo sus problemas y poco a poco todo vuelve a su lugar y la situación se estabiliza. O al menos se reconvierte para continuar con un rol similar o casi idéntico. Productores y exhibidores buscan hoy una corrección a la crisis del cine. Presupuestos menos espectaculares, rebaja de precios… Pasarse a la televisión apunta a un remedio para los cineastas.
Puede parecer el refugio de estrellas y guionistas, pero también un estimulante para el arte televisivo, comentaba recientemente Ángel Luis Fernández, uno de los más destacados directores de fotografíadel cine español, que como gran parte del elenco sufre las consecuencias del desempleo. Un frecuente reparo que alegan técnicos y críticos del cine contra la pequeña pantalla es que ésta graba con escasa calidad, sin los cuidados de un cine que tiene tiempo para repetir escenas, para conformar una ambientación, sin la urgencia que comporta realizar un capítulo tras otro. El enfoque va mejorando en este sentido y la televisión evoluciona a una mayor calidad. Calidad no solamente en cuanto a técnica, sino también en el terreno literario.
Esta realidad televisiva ante la crisis cinematográfica hace que la gente del cine vea en la pantalla casera un amparo contra la crisis del «celuloide». Ejemplos claros los tenemos en Kevin Spacey, ese asiduo visitante de Asturias, Dustin Hoffman o Glenn Close, con series de gran éxito en la actualidad. Si el primero, ganador de dos «Oscar», director artístico del londinense Old Vic, uno de los teatros más prestigiosos en la lengua de Shakespeare, triunfa con «House of cards», Hoffman, también con dos estatuillas de la Academia de Hollywood, lo hace con la serie «Luck». Además, ruedan ahora frecuentemente en televisión actrices y actores como Sigourney Weaver, Jessica Lange, Anjelica Huston, Kevin Costner, Jeff Daniels, Kevin Bacon, Maggie Smith, Danny DeVito, Alec Baldwin y una veintena de famosos de la gran pantalla aupados por «Saturday night live».
En España resaltan los casos del cántabro Antonio Resines y del leonés Imanol Arias, respectivamente con «Los Serrano» y «Cuéntame», ambos con notorio éxito de audiencia. Antes lo tuvieron los ya fallecidos Carlos Larrañaga y Tony Leblanc, o Concha Velasco, que sigue protagonizando series televisivas.
También hay ejemplos en sentido contrario como los de tres norteamericanas homónimas, Jennifer Aniston, Jennifer López y Jennifer Morrison, que comenzaron en producciones para la pequeña pantalla y ahora triunfan en el cine. Los éxitos de series como «Friends» o «House» las lanzaron al estrellato hollywoodense. Y por supuesto hay quien triunfa en ambos formatos a la vez, como la canadiense Stana Katic, que conquista audiencia actualmente siendo la detective Kate Beckett en la serie «Castle» mientras ha participado en diez filmes en cuatro años y hasta en un videojuego de novísima generación. Pero éstos son casos aislados. El cine está en declive y se cierran salas cada día. Un tónico que podría recuperarlo sería programar abonos para proyectar series de éxito que se emiten en cadenas de pago. El menor presupuesto de las producciones televisivas haría más atractivos los precios para los patios de butacas.
Artículo publicado el jueves 20 de junio de 2013 en LA NUEVA ESPAÑA.

La Transición tuvo buen humor

Anécdotas y fórmulas seguidas por los humoristas entre la dictadura y la democracia

“Una sonrisa vista a través de una lágrima”. Así definía el humorista barcelonés Avel·lí Artís i Gener, también conocido por Tisner, el humor en los años de la dictadura. Lo recogía en “El humor político en la actual prensa diaria española”, la tesis de final de carrera que compuse en 1971 con las respuestas de una treintena de humoristas. “La Transición en tinta china”, la exposición que los Príncipes de Asturias inauguraron hace unos días en la Biblioteca Nacional, recoge ahora el humor que se publicó con la llegada de los primeros síntomas democráticos.

“Una vez en ‘Informaciones’, allá por 1975 o 76,  dibujé a Carrillo, Tierno Galván y Ruiz Jiménez celebrando una reunión de la Platajunta. Al día siguiente cuando compré el periódico lleno de ilusión porque era la primera caricatura que publicaba de la oposición comprobé con horror que el dibujo estaba emborronado y apenas se podía distinguir a los protagonistas. La caricatura consiguió colarse hasta la rotativa. Al ver las primeras pruebas y ante los problemas que podía causar al periódico y al dibujante la publicación de aquella imagen de los clandestinos, los trabajadores de talleres procedieron a dar un martillazo selectivo en la plancha con tanto tino y precisión que Carrillo volvió a la clandestinidad camuflado bajo la mancha de tinta negra; Tierno Galván se parecía a Fidel Castro, pero en cambio un impoluto Ruiz Jiménez resplandecía como un serafín”, cuenta ahora José María Pérez, Peridis, a preguntas de LA NUEVA ESPAÑA. Y es que los humoristas fueron unos de los conductores que amortiguaron los difíciles días que transcurrieron mientras conseguíamos la implantación de la democracia.

Otro ejemplo de aquellos tiempos lo tenemos en un dibujo de Forges bastante perdido en la muestra ahora visitable. Nos relata así el autor: “Dos personas van andando por la calle y una le dice a la otra: -Parece que la cosa es inminente. Y el otro contesta: -¿Qué es lo que es inminente? El primero, precisa: -¿Que va a ser inminente? Pues eso. Y el segundo le responde: -Pero ¿Seguro? Y finaliza el informado: -Seguro”. Y añade Antonio Fraguas: “No se había dicho nada, pero se había dicho todo. Lo entendió todo el mundo, supongo que hasta los censores, pero lo dicho: no ponía nada censurable, aunque lo decía todo y no pudieron ‘actuar’”. Corría abril de 1975.

La exposición, instalada en un laberinto de pasillos, refleja un poco los vericuetos que tenían que seguir humoristas como Antonio Mingote, Cesc, Jaume Perich, Sir Cámara, Caín, Máximo, Juan Carlos Eguillor, Vázquez de Sola, Madrigal, Néstor, Martín Morales, Evaristo Acevedo, Garmendia, Oli, Julio Cebrián, Moncho Goicoechea y una larga generación para publicar cada día. Unos en los periódicos, otros en revistas de humor, aunque algunas, “serias”, hacían sus portadas completas con dibujos humorísticos, como algunas expuestas de ‘Cuadernos para el diálogo’ realizadas por Alcaín. Y todos corrían bastante peligro. Cuenta Antonio Fraguas que los  que si actuaban eran los “comandos incontrolados” que, entre otras cosas, mandaban valientes anónimos al periódico ‘Informaciones’. Uno decía (sic): “Que se prepare Forges, que sabemos a qué guardería van sus dos hijas, a las que vamos a borrar los ojos con lija”.

“La sátira ayudó a ampliar las fronteras de la libertad de opinión y pensamiento, debilitando o eludiendo las estrategias de censura y represión del sistema. En concreto OPS (mi seudónimo de entonces) al no utilizar palabras requería la complicidad del lector para la interpretación de un lenguaje visual bastante complejo, ese lector cómplice era de algún modo coautor de aquello que OPS publicaba”, señala Andrés Rábado, El Roto, al hablar del humor de la Transición. Los dibujantes de aquellos años no solamente contribuyeron al cambio sino que ya adelantaron acontecimientos. Chumy Chúmez publicó una viñeta en la que se veía una gran manifestación con una única pancarta con este texto: “¡Corrupción para todos!”.

 

Artículo publicado el domingo 9 de junio en el suplemento Siglo XXI de LA NUEVA ESPAÑA

Cupones para planear a gusto

Fórmulas de abaratar compras y costes que vuelven a estar de moda
Una incitación para «salir de marcha» barata y de calidad

 Los descuentos, las rebajas y los cupones parecían unos sistemas antiguos que utilizaban muchos establecimientos, en tiempos ya lejanos, para atraer al comprador. Unos se regían por la confianza entre vendedor y comprador, otras eran la fórmula de retirar el género sobrante de una campaña, con menos porcentaje para el primero y precios más ventajosos para el segundo; los terceros eran compensaciones en especie, vales o dietas, entre otros, para empleados, funcionarios o receptores de subsidios. Tenían el marchamo de residuos de catástrofes, de guerras, de finales de época. Unos fueron desapareciendo, otros desacreditándose y muchos perdiendo su valor inicial y su razón de ser. La abundancia de vacas gordas tapaba a las desvalidas vacas flacas.

Los descuentos se acabaron cuando el comercio dejó de ser mayoritariamente negocio familiar, los cupones se difuminaron con los economatos y las cooperativas, las rebajas perdieron oficialidad por decreto ley y ya no tienen ni la gracia de hace un tiempo. Y la mayoría de las ventajas de gremios y profesiones fueron cerrando sus convenios para transporte y alojamiento, las ciudades de vacaciones y las prerrogativas para familiares. Renfe, Iberia, Paradores Nacionales, Campsa y otras compañías estatales fueron descartando o disminuyendo poco a poco sus deducciones, restringiendo beneficiarios, enterrando sus conciertos en prestaciones en especie.
Entonces fueron apareciendo los carnés de fidelidad o tarjetas de puntos, esas con las que consigues un regalito tras pasar la «visa» de la cadena cada vez que consumes en uno de sus establecimientos. Supermercados, tiendas de ropa, gasolineras, «drugstores» y otros varios concesionarios de servicios lanzaron sus cédulas de cliente. Realmente la recompensa por ser un habitual de la marca no cuesta prácticamente nada, solamente acumular tarjetas en la cartera y, así, de vez en cuando, puedes conseguir alguna rebaja, algún descuento, algún regalo que generalmente no comprarías.
Bueno, pues en este viaje temporal por las diversas fórmulas de abaratar compras y costes, llegamos otra vez a los cupones. Conseguidos a través de los medios de comunicación impresos o audiovisuales, internet o de telefonía, se obtienen ahorros con Supercupones, Groupalia, Cuponing, Groupon, Letsbonus, Oooferton, Planeo y un largo etcétera punto com o punto es. Desde menús para dos personas, alojamiento en apartamentos rurales, talasoterapia, entradas de cine, repuestos para el automóvil, revisiones sanitarias, reportajes de bodas y comuniones, compra de electrodomésticos, cursos de cocina y hasta la elaboración de la declaración de la renta, ahora que estamos en fechas de presentación. Todo tiene su cupón.
Confieso que cuando hace unas fechas mis hijos nos invitaron a una degustación de productos en un restaurante de moda acudía con cierta prevención. Me vinieron a la memoria recuerdos de viejos tiempos afortunadamente ya obsoletos. Pero al entrar en el local nos encontramos con una curiosa cola de grupos de comensales que esperaban cupón en mano que un elegante revisor validase el papel impreso que nos acreditaba como beneficiarios de un descuento o una invitación. Tras aquella primera ocasión hemos comprobado lo extendido del método y la variedad de prestaciones que circulan por el mercado. Toda una incitación para redimirnos algo de la crisis y continuar planeando con cupones nuestras «salidas de marcha».

Algunas de las direcciones mencionadas en el artículo:

www.planeo.com

www.groupon.com

www.groupalia.es

SuperCupones La Nueva España

 Este artículo ha sido publicado por LA NUEVA ESPAÑA el sábado 13.04.2013

http://www.lne.es/opinion/2013/04/13/cupones-para-planear-a-gusto/1396836.html