Repaso a unas cuantas localidades que se distinguen por un olor especial
Si tratamos de poblaciones españolas que se distingan por un olor especial podemos comenzar la lista por uno de aroma muy agradable. Aguilar de Campoo, el pueblo de las galletas, exhala un bálsamo en el ambiente que «te hace la boca agua». Atraen más los hornos de las fábricas galleteras que el arte románico, gótico o renacentista de la arquitectura que adorna a esta villa realenga así honrada por Alfonso X El Sabio. Y si de Palencia saltamos a Córdoba nos encontramos con otro Aguilar, apellidado De la Frontera, conquistado por el padre del mencionado monarca castellano, Fernando III El Santo, allá por el siglo XIII. La población huele a aceite puro de oliva de una forma penetrante, fragancia que quizá oculte el origen histórico de la antigua Ipagrum íbero-romana, que ya fue objeto de disputa entre César y Pompeyo. Y en el granadino Trevélez, dedicado casi en exclusiva a curar jamones, huele más a chacina que en el de Jabugo de Huelva. Queso, vino, ajo, azahar, pescado impregnan núcleos enteros de población según su principal actividad.
Aunque hoy día es ya difícil encontrar pueblos con olor específico, característico y quizá único, un pueblo con la «sonrisa del aire en cada esquina», que cantaba María Ostiz. En su tierra navarra todavía conservan olor a carbón las aldeas de Viloria y Ulibarri, en el valle de Lana, donde se encendían las carboneras que inmortalizó Montxo Armendáriz en la película «Tasio». Y en Pedraza el aroma de cordero asado pervive en invierno y en verano. Montilla, pueblo señero de viñas, huele tanto a vino como a bodega; San Pedro del Pinatar es sal pura; El Puerto de Santa María huele a gamba, aunque es más fuerte el bálsamo de ese marisco a la plancha; Noreña huele a compangu y en Llanes, Lastres o Cudillero se respira olor a mar. Por los caminos de España cada lugar tiene su esencia. La de Fuenlabrada de los Montes, en Badajoz, es de miel. No obstante muchos ya solo lo conservan en el recuerdo. San Andrés de Rabanedo, en León, olía a vino. Langreo antes era una mezcla de hollín, sulfúrico, hierro…
Pero no siempre la misma razón da un olor concreto. La curiosidad lleva al turista a visitar sectores de una ciudad que adquiere popularidad por una característica especial. Así, mientras el barrio rojo de Ámsterdam huele más a agua y petróleo que al perfume que exhalan los escaparates de las prostitutas, en Sankt Pauli, el barrio homólogo de Hamburgo, tiene una esencia muy característica de la actividad que le da fama, prácticamente igual al de la ciudad holandesa. Pongo este ejemplo porque en estación de vacaciones y viajes las dos ciudades atraen a gran número de visitantes.
Una tercera parte de nuestros recuerdos se conserva por el olfato. Aunque la globalización ha borrado muchos efluvios exclusivos. Para no perder esas sensaciones en la burgalesa Santa Cruz de la Salceda han creado el Museo de los Aromas.
Publicado el viernes 25 de julio de 2014 en LA NUEVA ESPAÑA
http://suscriptor.lne.es/opinion/2014/07/25/viaje-aroma-pueblos/1619525.html