Manolo Unciti, periodista y misionero inquieto

Fallece quien fuera el alma de la Residencia Azorín

Dos meses atrás no intuía este rápido desenlace cuando recordaba en estas páginas a las Generaciones Azorín (ver el periódico del pasado 7 de noviembre). Ahora recibo con sorpresa el fallecimiento de Manolo, el director que mantuvo una residencia de estudiantes creo que única, posiblemente irrepetible: la Residencia Azorín.

Nos ha dejado Manuel de Uniciti Ayerdi, cura y periodista, como a él le gustaba decir, que durante unos cuarenta años dirigió y mantuvo una residencia de estudiantes de periodismo que fue admirada por unos y denostada por otros, dependiendo de suspicacias y circunstancias personales. El pasado noviembre me incluía entre quienes disfrutamos de la convivencia del caserón de la madrileña calle de Rosa Jardón y señalaba que «en Azorín residieron unos estudiantes que formaron su personalidad periodística de una manera libre, en una convivencia democrática y responsable, con muchachos que llegaban de todas partes de España». Hoy la mayoría de esos muchachos hemos poblado las redacciones de los medios de comunicación, de la docencia universitaria y las artes modernas. Unciti era un donostiarra nacido el primero de enero de 1931, hijo de Unciti el Bueno, como su padre era conocido, que se ordenó sacerdote el día de San Pedro de 1954. Tras los estudios de Teología en Vitoria y San Sebastián se especializó en Misionología en Roma y París y de regreso a España se hizo periodista por la Escuela Oficial de Periodismo en Madrid. Su orientación era la misión pero no quería llegar a ser un monseñor de manteo rojo y despacho sino estar pie a tierra dentro de esa misión. Junto a unos compañeros fundó lo que luego sería la residencia Luis Vives que más tarde renombraría Azorín. Y durante cuatro décadas en ella convivieron distintas generaciones de estudiantes de Periodismo. Mientras tanto ejerció de secretario nacional de las Obras Misionales Pontificias durante 35 años, fue redactor eclesiástico del diario «Ya» también unas décadas, dirigió y colaboró en numerosas revistas religiosas («Vida Nueva», «Reinado Social», «Sal Terrae», «Pueblos del Tercer Mundo»…), escribió artículos en medios como «El Correo Español-El Pueblo Vasco» -hoy «El Correo»- y elaboró numerosos informes sobre las misiones. Además fue profesor de Deontología Profesional y Teoría de la Comunicción en la Escuela de Periodismo de la Iglesia. Asimismo publicó varios libros sobre vivencias de misioneros en diversos territorios africanos («Sangre en Argelia», «África en el corazón», «El Tercer Mundo, problemas y soluciones», «Teología en vaqueros», «Amaron hasta el final, muerte de cuatro maristas en Zaire»). Manolo Unciti fue un inquieto dentro de la Iglesia, admirado o denostado dentro de la jerarquía pero nunca indiferente para sus superiores o para la política oficial durante su trayectoria, tanto profesional como docente. A la residencia acudían profesionales y religiosos progresistas, aunque también recibió dos premios «Bravo» de la muy oficial Comisión Episcopal de Medios de Comunicación. Y durante los cuarenta años de convivencia en el caserón de Rosa Jardón se celebraron cientos de cenas, coloquios, tertulias de todo tipo, con invitados académicos, escritores, políticos, artistas, teólogos y renombrados periodistas. Allí se discutieron y estudiaron los temas de actualidad en un ambiente de libertad. Así era el espíritu de Manolo, hijo de Unciti el Bueno. Mi adiós más sincero.

Publicado de LA NUEVA ESPAÑA el martes 7 de enero de 2014

http://www.lne.es/sociedad-cultura/2014/01/07/manolo-unciti-periodista-misionero-inquieto/1523840.html

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