Una estirpe barrucana

Posibles explicaciones a la longevidad de los habitantes del pueblo Barro

Son dos hermanas en el día de hoy. Son las dos últimas de una generación, de una familia que puede hacer historia. Son Áurea y Mercedes Martínez-Cué. Áurea va a cumplir 103 años y tiene una vitalidad increíble. Mercedes cumple estos días 100 -así resaltados con números- pero se queja de que casi no puede andar. Son disculpas. Son el epígono de una prole que tuvieron Rosario y Ricardo, hace, claro, más de un siglo en una aldea de Llanes que hoy es un atractivo turístico: Barro. Ramón, Gloria, Rosario, Ángeles, Daniel, Elvira, Áurea y Mercedes fueron los hijos de aquella pareja que vivía en una población que no llegaba a los cien habitantes. La familia entera era un 20% del pueblo.

Pero la razón de este texto es resaltar que Áurea y Mercedes, a pesar de los guarismos de sus edades, no son una excepción en la familia. Bueno, tampoco en entre la población porque en ella abundaron también los nonagenarios. De los ocho hijos de Rosario y Ricardo cuatro superaron el siglo. Rosario (Charo) y Ángeles vivieron 106 años. Coronaron el centenar en bastante buena forma. Y en plenitud de sus facultades mentales.

Charo pasó sus últimos tiempos con escasa movilidad pero rebosante de humor. Al preguntarle un día si mantenía un régimen o sistema de vida que justificase su longevidad respondió con un guiño sorprendente: «tomo todos los días un vasito de sangría antes de comer». Nos recordó la historia de la persona que hasta el momento ostenta el récord del mundo registrado de supervivencia. Jeanne Calment, una francesa de Arlés, población en la que Vincent van Gogh pintó muchas de sus obras más conocidas, manifestó poco antes de cumplir 122 años que habitualmente tomaba cada tarde un vasito de pernod, el popular anisete galo.

Ángeles reconoció siempre ser una presumida y aunque al llegar a la centena fue perdiendo la vista paulatinamente, sus hijas dicen que a pesar de no verse reflejada en el espejo les exigía que la mantuviesen acicalada. Pionera respecto a la mayor industria que tiene hoy día Barro, el turismo, fundó con sus hijos (Manuel, María, Pura, Pepa y Charo) unos de los primeros campings de Asturias mientras su marido, Manuel Cué, continuaba con sus labores del campo.

En una reunión informal que celebraba un grupo de vecinos hace años se barajaron dos posibles explicaciones a la longevidad de los habitantes de Barro. Una de las versiones manejadas abogaba por la abundancia de encinas que existen en el contorno parroquial, unos árboles de larga vida que, según creencia popular, «contagian» a los vecinos. Otros achacan la longevidad al agua que bebían de una fuente que abastecía el pueblo y que fue clausurada en los años cincuenta del pasado siglo por la presunta contaminación que provocó una epidemia de fiebres tifoideas que hizo peligrar la salud de los barrucanos.

Y es que en Barro recientemente hubo más centenarias -Rita Gómez, por ejemplo, vivió 104 años-; hoy día hay varios nonagenarios y hasta veteranos veraneantes como Lydie Peyrachon, Mimí, que ha cumplido 105, viene desde el centro de Francia, respiran y tomaron los aires de Cadexana, como la llamó el poeta local Celso Amieva. Una curiosa marca digna de estudio. Mientras, el equilibrio entre generaciones no ha desnivelado la balanza y la pequeña aldea mantiene su centenar de residentes.

La cima de La Llera, con la que limita Barro, es considerada como un santuario prehistórico de longevos astures. Puede ser otra razón del fenómeno. Mercedes, que cumple ahora 100 años, y Áurea, que ya ha cumplido 102, llevan camino de superar a sus hermanas mayores. Su estado físico así lo anuncia. Larga y saludable vida a estas dos epígonas de la estirpe Martínez-Cué.

Publicado el martes 4 de julio de 2017 en LA NUEVA ESPAÑA

http://suscriptor.lne.es/opinion/2017/07/04/estirpe-barrucana/2130213.html

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