Una propuesta para solucionar un problema ante el éxito turístico de la región

Los días de vacaciones que hemos tenido en Asturias durante que la pasada Semana Santa han demostrado que esta tierra atrae. Lleno total ya que las estadísticas señalan que la hostelería ha alcanzado el 95% de ocupación. Posiblemente hayan puesto el cartel de completo casi todos los hoteles, los apartamentos, las casas rurales o los pisos con licencia turística. Quizá el gremio no esperaba tal agradable porcentaje de pernoctaciones, incluso en el occidente. El caso es que el Principado estaba «petado».
Pero el problema persistía porque no radicaba en las camas ocupadas sino en las mesas. Si era difícil encontrar dónde dormir, era casi imposible hallar un restaurante donde comer. Al menos hacerlo de una forma confortable en una tierra que presume de tener una cocina excelente y unos platos de fama internacional. Buscar restaurante tanto a mediodía como para cenar ha sido esta santa semana un auténtico camino del Calvario. Sin una reserva hecha con bastantes días de antelación no había forma de degustar un menú de los que nos ufanamos.
Los residentes en el llamado municipio 79, quienes viven fuera de Asturias y aprovechan las vacaciones para viajar a su tierrina se encontraron con la dificultad de encontrar un lugar donde tomar un refectorio, donde en muchas ocasiones llevar a esos amigos que han venido a ver la bonanza de la que nos jactamos, a comprobar lo que anuncia nuestra propaganda. En las zonas más turísticas la dificultad superaba lo soportable. Hasta el lunes de Pascua, que ya no era fiesta en el Principado, hubo grandes colas en algunas zonas para lograr una mesa. Creo que así no se consigue ser una potencia turística, que es a lo que se pretende llegar en Asturias, un Paraíso Natural campeón entre las regiones de la franja verde.
Una comunidad con larga experiencia turística y con gran cantidad de visitantes todo el año mantiene una solución particular que, pienso, podría ser aplicable en otras zonas. Es un sistema que demuestra su eficacia ya que es de continuada tradición y cuya eficacia se ve en la atracción que ejerce sobre el visitante. Me refiero a Canarias y su fórmula del guachinche en la isla de Tenerife (bochinche en Gran Canaria). En este tipo de establecimientos se ofrece comida tradicional para acompañar los vinos cosechados en el contorno y su apertura es temporal, en principio en época de la vendimia. Claro que los locales han proliferado por toda la isla y han merecido fama por sus platos, en muchos casos de los fogones ancestrales y tradicionales, en otros, recetas personales consolidadas por su bonanza o particularidad. Y no son denostados como «pulperías en la calle, que son competencia desleal», como señaló a LA NUEVA ESPAÑA el presidente de la patronal Otea, José Luis Álvarez Almeida.
Probar la comida de un guachinche es una de las ofertas que se les hacen a los turistas cuando llegan a la isla. Un escaldón de carne, un rancho canario, unos churros de pescado o una carne de fiesta son platos bastante típicos de estos locales, además de las consabidas papas arrugás o papas negras. Son comidas que no se ofrecen normalmente en los menús de otros restaurantes. Platos diferentes como el cochino negro, el almogrote, el tumbo de las sobras del puchero o los huevos al estampido son típicos de muchos de estos refectorios que abren por temporadas de dos o tres meses o solamente ciertos días de la semana con el aliciente de un vino de la tierra.
En Asturias la sidra y su época de espichas podría ser el estímulo para acudir a degustar las verdinas, los bollos preñaos, el chosco, el emberzáu, fariñas, boroña, las cebollas rellenas, los platos de escanda, los tortos, la carne gobernada, la caldereta, el vino de Cangas, casadielles, frixuelos y muchos de los cuarenta quesos que se elaboran a lo largo de nuestra geografía. Algunos de éstos son platos distintos a la fabada, fabes con almejas, el cachopo, la ternera asturiana, los fritos de pixín o de bacalao, el chorizo a la sidra, el bonito, el bocarte y otros pescados a la espalda, los carbayones, el arroz con leche requemao, además del Cabrales, el Gamoneu, La Peral o el Afuega’el pitu. Chigres y merenderos (diríamos «guachigres») de apertura temporal, que no serían rentables todo el año, que alivien los estómagos en fechas como la Semana Santa o puentes festivos, cuando se llenan los bares y restaurantes permanentes. Un recurso que sería regulado como los guachinches tinerfeños para supervisar su calidad. Estamos en una tierra que busca y presume de ser un paraíso natural. Y comer en Asturias ya es leyenda.
Publicado el lunes 1 de mayo de 2017 en LA NUEVA ESPAÑA
http://suscriptor.lne.es/opinion/2017/05/01/guachigres-vacaciones/2097130.html