Lo que el Feve se llevó

Los problemas ferroviarios de la orográficamente accidentada Asturias
El tren salió de Atocha, en San Sebastián, en su hora y haciendo el recorrido con su velocidad y paradas habituales. Pero al iniciar la cuesta de Orio fue perdiendo velocidad hasta detenerse en plena rampa. Tras un minuto parado comenzó a retroceder hasta volver al llano. Javier Aguirresarobe, periodista y cineasta, y este firmante viajábamos hasta Éibar, su localidad natal, para celebrar el final de nuestras prácticas veraniegas en un diario donostiarra. Era el primero de octubre de 1970. Es decir, hace cerca de cincuenta años. Extrañados por el comportamiento del convoy preguntamos a otros pasajeros cuál era la razón de la marcha atrás. «La máquina no tiene fuerza para subir la cuesta y ha retrocedido para coger carrerilla», contestaron otros viajeros.

Ir de La Felguera a Gijón, unos 35 kilómetros, era una aventura de más de una hora viajando en tren. Digamos que a mitad de recorrido se encontraba el plano de San Pedro, con un 12% de pendiente y más de 90 metros de desnivel, que las locomotoras no podían superar tirando de los vagones. Lo eludía mediante una polea clásica: tenía doble vía y los vagones cargados de carbón bajaban mientras hacían subir los vacíos o menos pesados de viajeros. El sistema duró hasta 1963. El ferrocarril, inaugurado por la reina María Cristina en 1852, era un emblema de ingeniería pero también una joya «prehistórica». La carretera Carbonera, que enlazaba Langreo, San Martín del Rey Aurelio y Laviana con Gijón también lo era y recorrerla mareante.

Recorrer un centenar de kilómetros para viajar de Oviedo o desde los valles mineros hasta Llanes o Luarca, por ejemplo, en trenes de Económicos de Asturias o del Vasco-Asturiano era echar el día, llenarse de carbonilla, ir en compañía de animales de corral embutidos en cestas que iban al mercado y parar en apeaderos donde nunca pisarías. Cuatro horas de trayecto en los que los críos nos desesperábamos de aburrimiento y los mayores dormitaban o gritaban para entenderse ante el tracatrá del tren.

Parecen tiempos superados, olvidados salvo por los «carrozas» que hace tiempo peinamos canas. Pero no. Los problemas ferroviarios de la orográficamente accidentada Asturias siguen sin resolver. Gobierne quien gobierne no alcanza el aprobado sino el suspenso más absoluto. Viajar por los ferrocarriles asturianos es un castigo. Recorrer el trayecto Oviedo-Llanes, de unos 110 kilómetros, representa hoy dos horas de lento y sinuoso desplazamiento por vías que recuerdan la subida a Orio o el plano de La Florida-San Pedro de hace 50 años.

Al mismo tiempo soportamos los clamorosos retrasos-abandonos-desidias de un AVE que ya no se recuerda cuando se comenzó a construir para que llegase al Principado. Un AVE que lleva invertidos en su construcción casi cuatro mil millones de euros y, como el cuento de la buena pipa, nunca se acaba. Y no olvidemos el eterno alzado de la autovía del Cantábrico, un cuarto de siglo. Pero eso no es todo. La provincia con mayor trazado de líneas de ferrocarril, con una impresionante red de cercanías, se muere por el abandono de la Administración. Si hace ocho años la web de Feve se ufanaba anunciando la modernización de la red -«La apuesta de Feve por la calidad y la seguridad queda patente en las inversiones que efectúa la empresa?» en Asturias-, hoy la red ferroviaria asturiana se muere. Un reciente titular de LA NUEVA ESPAÑA definía la situación en esta pluviosa tierra: «Feve, en estado terminal: la lluvia deja sin trenes la línea de Gijón a El Berrón». Mientras en el país de la Mercedes, BMW, Audi los cercanías son el más popular sistema de transporte y Holanda se mueve en trenes con energía eólica, aquí sufrimos su agonía, digna de una cinta de suspense.

José Antonio Quirós, gran documentalista cinematográfico, director asturiano de esa curiosa película de un viaje, «Pídele cuentas al rey», y Javier Aguirresarobe, cargado de goyas, director de fotografía con los mejores directores del cine español y mundial, con casa en Asturias, quien también iluminó otra película de un tenebroso viaje, «The Road», ahora inmerso en la superproducción «Thor», de la saga de Marvel, filme de la marca Walt Disney, hoy podrían rodar el negro final del tren, algo como «Pánico en el túnel», previsible como «Al filo de lo imposible» o premonitorio con nuestros cercanías: «Lo que el Feve se llevó».

Artículo publicado el sábado 28 de enero de 2017 en LA NUEVA ESPAÑA

http://suscriptor.lne.es/opinion/2017/01/28/feve-llevo/2048434.html

 

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